El soldado Vladimiro

Ciudad de México /
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Una vez conocí a un héroe. No era alto ni apuesto, ni le pusieron medallas, ni salió en la primera página de los periódicos, ni en el telediario. Nadie aplaudió su hazaña, y ni los políticos ni los generales ni los mangantes que explotan en su provecho las virtudes ajenas hicieron discursos al respecto. Se llamaba —espero que se llame todavía— soldado Vladimiro. Tenía veinte años y se ocupaba de la ametralladora de 12,70 a bordo de un blindado de los cascos azules españoles en Bosnia central. De soldado tenía lo justo: no le gustaba la guerra, ni la vida militar. Se había alistado por si se presentaba la ocasión de ver mundo. Después pensaba regresar a la vida civil y  estudiar idiomas. Eso, precisamente, lo convertía en un elemento valioso para sus jefes y compañeros legionarios: hablaba un poco de ruso, que es al bosnio lo que el castellano al portugués. Por eso estaba asignado como tirador al BMR del coronel Morales, el jefe de la agrupación Canarias. 

Vladimiro era uno de esos soldados  vivos y listos que se buscan la vida como nadie, que se esfuman de pronto y, cuando todos creen que han desertado, reaparecen con dos gallinas y una hogaza de pan para sus compañeros. Allí, en el valle del Neretva, Vladimiro llevaba niños en brazos, repartía tabaco a los ancianos, daba sus raciones de campaña a las mujeres que lloraban junto a los escombros de sus hogares. Y yo vi, de noche, cuando se hallaba de centinela, acercársele la gente agradecida para traerle un trozo de pan, una taza de té, incluso una desvencijada hamaca para que pudiera hacer sentado su turno de guardia.

LUIS M. MORALES

Una noche el soldado Vladimiro fue un héroe, aunque posiblemente ni siquiera él mismo lo sepa. Intenten imaginar el cuadro: oscuridad, disparos de  francotiradores, trazadoras que pasan recortando esqueletos negros de edificios. Hay tensión en el ambiente, y por uno de esos azares de la guerra, aquellos a quienes los legionarios vinieron a socorrer se convierten, de pronto, en adversarios hostiles. El coronel Morales, que manda la columna, decide ir, solo, al puesto de mando bosnio para solucionar la crisis. Eso es  meter la cabeza en la boca del lobo; en medio de enorme confusión, entre musulmanes armados y muy nerviosos, el coronel ordena  por radio a su segundo, un comandante, tomar el mando si él no regresa. Vladimiro se ofrece a acompañarlo, pero Morales le ordena permanecer a cubierto en el BMR. Después se aleja en la oscuridad, rodeado de amenazadores milicianos.

Y es entonces cuando el soldado Vladimiro se remueve inquieto, y en la penumbra interior del blindado nos mira a los que estamos dentro. Sus ojos reflejan su pensamiento: no se trata de que el coronel le caiga bien o mal. Simplemente es su coronel, y le avergüenza verlo irse solo. De pronto, lo vemos mover la cabeza como si acabara de tomar una decisión. Precipitadamente, con nerviosismo, se mete dos granadas en los bolsillos, requiere un Cetme y comprueba el cargador. 

—No, si ya verás —murmura como para sus adentros, mientras amartilla el arma— ¡Esta noche nos van a inflar a hostias!

Le tiemblan las manos y la voz. Pero aun así, con esas manos que le tiemblan, abre el portillo del blindado, se cala el casco, aprieta los dientes para morderse el miedo, y echa a correr en la oscuridad detrás de su coronel.

Cuando una hora más tarde Morales sale del puesto de mando de la Armija, se lo encuentra sentado en la oscuridad, en la escalera, con el Cetme en la mano, esperándolo. Entonces el coronel, que es un legionario bajito, duro y con mala leche, le echa una bronca tremenda por incumplir sus órdenes. Después se encamina hacia la columna de vehículos, siempre escoltado por su tirador, que lo sigue cabizbajo. 

—¡La próxima vez que desobedezcas una orden te voy a meter un paquete que te vas a cagar, Vladimiro!— Le dice. Después, el coronel se detiene y, aún con  gesto hosco, saca un paquete de cigarrillos y le ofrece uno. Y mientras lo hace disimula una sonrisa en un extremo de la boca.

Ocurrió exactamente así. No sé qué otras cosas buenas o malas hará Vladimiro el resto de su vida. Pero aquella noche, en Bosnia central, su coronel le ofreció un cigarrillo y yo me prometí dedicarle este artículo. Hoy, supongo, habrá regresado ya a España. Y tal vez, cuando entre en la discoteca de su pueblo —es flaco y con granos en la cara— las chicas, que prefieren a los guaperas apuestos, a los bailones que marcan paquete, ni siquiera se fijen en él. ¡Qué sabrán ellas!... ¿Verdad, Vladimiro?



  • Arturo Pérez-Reverte
  • Escritor, periodista y académico español. Es académico de número de la Real Academia Española desde 2003.​ Entre sus novelas están Las aventuras del capitán Alatriste, La reina del sur y Revolución, la más reciente.
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