IA: ¿quién gobierna el progreso?

Ciudad de México /
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El pasado 6 de octubre, OpenAI publicó de golpe 722 manuscritos generados por un modelo de inteligencia artificial que no han hecho público. Según la empresa, sus resultados resuelven o hacen avanzar 372 problemas de matemáticas y ciencias de la computación, muchos abiertos durante años. Un mes antes la empresa anunció haber resuelto uno de los célebres problemas del milenio, con más de diez mil agentes de IA trabajando casi cuatro días. Google DeepMind, por su parte, acaba de publicar en Science los hallazgos de su propio sistema.

La sacudida fue inmediata. Uno de los matemáticos más reconocidos del mundo confesó que esa noche lloró. Semanas antes, veinticinco ganadores de la Medalla Fields, la más alta distinción para matemáticos menores de 40 años, habían advertido sobre “graves preguntas de atribución y plagio” en los resultados que publican las empresas de IA.

Son costos reales. Pero detrás de ellos hay una pregunta más profunda: ¿quién gobierna el progreso científico de la humanidad?

La IA puede acelerar el conocimiento como pocas herramientas en la historia. Puede ayudarnos a comprender enfermedades, diseñar nuevos materiales o resolver problemas que parecían inalcanzables. El problema no es que una máquina demuestre teoremas. Es quién decide el rumbo del progreso, con qué parámetros y a favor de quién.

El episodio de OpenAI lo revela con claridad. Fue la empresa la que eligió los cerca de cuatro mil problemas que planteó a su modelo. Fue ella quien decidió publicar todo al mismo tiempo, sin revisión de pares y sin avisar a quienes trabajaban en esas preguntas. Cerca de la mitad de los resultados salió sin confirmar y, al día siguiente, la empresa retiró tres manuscritos por un error. La carga de verificar recayó en una comunidad científica que no tiene acceso al modelo y que difícilmente podría costear experimentos de esta escala. Los teoremas se hicieron públicos; la capacidad de producirlos quedó en manos privadas.

En definitiva, estamos ante una nueva forma de poder. Durante siglos, la ciencia avanzó como una obra colectiva, en universidades, academias y revistas abiertas al escrutinio de los pares. Nadie podía apropiarse de su rumbo, y esa pluralidad fue también una garantía de libertad.

Hoy, un puñado de compañías concentra los datos, el cómputo, el talento y los modelos que marcan la frontera del conocimiento. Desde sus oficinas en Silicon Valley deciden qué preguntas merecen respuesta, a qué ritmo y bajo qué reglas. Y con frecuencia lo hacen sin transparencia, sin rendición de cuentas y sin la participación de quienes resienten sus decisiones.

Esto representa una amenaza para la democracia liberal, cuya promesa central es que ningún poder quede sin contrapesos. Por eso levantamos instituciones para contener el poder político y regular el económico. Y quien controla hoy la producción del conocimiento influye en la medicina, la energía, la seguridad y la economía del futuro. Un poder de esa magnitud, concentrado en pocas manos y movido por la competencia por inversiones y prestigio, escapa a los controles que hemos construido y amenaza la libertad. Para países como México, el riesgo es doble: consumir un saber que se produce en otra parte y acatar reglas que se deciden sin nosotros.

Como lo he escrito antes, la respuesta no está en la prohibición. La tarea es someter la tecnología a límites democráticos, consistentes con la dignidad humana, la pluralidad y los derechos fundamentales. Ello exige transparencia sobre cómo se producen los resultados, con qué datos y a partir de qué trabajo humano; verificación independiente y publicación responsable antes de cualquier anuncio; reconocimiento a las y los investigadores y protección de sus datos e ideas; acceso equitativo a estas herramientas para universidades y centros públicos; y reglas definidas con la participación de comunidades científicas, Estados y sociedad.

En otras palabras, el progreso no puede gobernarse desde los intereses de quienes lucran con él. Su rumbo debe definirse democráticamente, a la luz de nuestras convicciones morales más profundas.

La ciencia moderna creció de la mano de la democracia, rompiendo el monopolio de unos cuantos sobre el conocimiento. No podemos permitir que la inteligencia artificial lo restablezca. Una sociedad que renuncia a gobernar su conocimiento renuncia, tarde o temprano, a gobernarse a sí misma.


Mi felicitación a MILENIO Televisión por su 18 aniversario y mi reconocimiento a quienes hacen posible todos los días su labor informativa.


  • Arturo Zaldívar
  • Coordinador General de Política y Gobierno de la Presidencia de México. Ministro en retiro y expresidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación
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