Alimentos al aire libre

Estado de México /
Únete al canal de Milenio

Una mesa de plástico, una lona que en ocasiones formó parte de alguna campaña política o comercial, un mantel plastificado y unos cuantos bancos, sobre la mesa algunos saleros, un bonche de servilletas y platos de colores envueltos cada uno en una bolsa; por fuera del manteado un anafre con las brasas al rojo vivo, de esta forma se vive en gran parte de Latinoamérica la comida callejera.

Desde el inicio de las civilizaciones americanas, el comercio o intercambio de productos formó una pauta en la vida cotidiana, hombres y mujeres se congregaban en los mercados para dichas transacciones pero, de igual forma, se disponían espacios para comer en el sitio, o sea, comer en la calle.

Si buscamos elementos primordiales en nuestra sociedad podríamos coincidir en que el comer es uno de estos, al igual que la vida social, la algarabía y la convivencia. Todos ellos se pueden experimentar en el puesto callejero. De predilección popular, las clases bajas lo convirtieron en el referente de la comida diaria, del obrero, del marchante, del comerciante, etcétera. Las calles del México Independiente experimentaron las primeras generaciones de este fenómeno, a pesar de que durante la Colonia ya eran permitidos e impulsados, pero solo en los mercados y festividades especiales.

La Independencia representó, además de un giro en el sistema de gobierno, una apertura en las concepciones morales, sin dejar de ser católica, la nueva nación necesitaba echar a andar una economía social, la cual le retribuyera por medio de los gravámenes, por lo que los mercados y los tianguis resultaban atractivos para la recaudación de impuestos y el liberalismo económico, y que forzosamente irían de la mano de la venta de alimentos preparados. Durante el siglo XIX, la inestabilidad política trastabilló en el desarrollo comercial, altos impuestos, constantes enfrentamientos bélicos, invasiones extranjeras y golpes de Estado impedían la fluidez anhelada, pero, para el último tercio de este siglo, se buscaría poner orden, casualmente en tiempos de Porfirio Díaz.

Los mercados serían los primeros involucrados, con su establecimiento en espacios determinados, alejándose poco a poco de los huacales de madera y construyendo bodegas de materiales resistentes, sin embargo, estas estrategias, finalmente, afrancesadas, no eliminarían la tradición de la venta sobre las banquetas o en plena calle; para muchos referentes de lo antihigiénico y antiestético, sin mencionar lo lejos de la clase europea, elemento a seguir, esta actividad gestó un estilo de vida y una cualidad popular, la gastronomía callejera, que hoy nos permite disfrutar bajo la sombra de una lona y sentados en bancos de plástico desde un pambazo hasta un pozole o pancita cualquier sábado por la mañana.


Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite