Tesoros en el sótano

Estado de México /
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De entre los baúles y muebles viejos se logra ver la foto de los abuelos; el largo pasillo divide las habitaciones del comedor y la oficina de don Avelino, comerciante de henequén y quien le comprara aquella casa a don Aurelio Portuondo y Barceló, hacendado cubano residido en Mérida. De paso por el comedor, la fina vajilla oriental, recuerdo de aquella visita al otro lado del mundo, aún resplandece en la vitrina de caoba, mientras el juego de candelabros italianos descansa sobre la mesa para doce personas, con un poco de imaginación aún podemos escuchar las risas, el choque de copas y el buen ambiente que llegó a resonar en las paredes.

La blanca Mérida, capital del estado de Yucatán, guarda entre sus casonas antiguas y su tranquilidad hipnótica diamantes en bruto; su paseo Montejo, ícono de la arquitectura afrancesada de finales del siglo XIX y principios del XX, posee no solo una de las mejores estampas históricas del país, sino también acervos culturales disimulados. Uno de ellos es, precisamente en la Quinta Montes Molina, una casa museo que tras el resguarde y rescate de la memoria histórica, abrió sus puertas a todo público, exponiendo muebles, retratos familiares, accesorios personales y de uso cotidiano, además de rentar las instalaciones para eventos sociales.

Una vez visitada la planta principal, se prosigue por ir al sótano, el cual resguarda lo que en lo personal tiene un valor mucho mayor, ya que en esa área se encuentra la cocina, las alacenas y lo que alguna vez fuera la cava de vinos. A pesar de que la cocina es utilizada para la producción de alimentos tanto de los eventos como del personal a cargo del museo, aún conserva parte de su diseño original; un piso dominó con losetas blancas y verdes, una barra donde estaba el anafre y posteriormente las hornillas a gas, un cuarto de servicio contiguo donde, posiblemente, estaba una mesa de trabajo y la alacena de frutas y verduras. Frente a este espacio se encontraba el almacén de enlatados, jamones, quesos y vinos, donde aún se pueden observar las repisas de madera y concreto. En dos aparadores se muestran aquellos utensilios de la época, y cual línea del tiempo son exhibidos desde batidores, molinillos, cortadores de galletas, duyas pasteleras, teteras y exprimidores, entre otros.

Al término del recorrido se cuestionó a los encargados la existencia de los recetarios o escritos de cocina. Para nuestra sorpresa, sí existen. Pero sólo se trata de pequeñas anotaciones, listas de ingredientes y pocos procedimientos, así que este caso deja la puerta abierta para la investigación y el rescate de aquellos escritos, que contribuyan a la investigación gastronómica del siglo XX, y continúe en la construcción de la otra identidad alimentaria mexicana.


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