La imagen muestra a un africano que alza los brazos para protegerse la cabeza de la macana que el soldado inglés está por asestarle. Eso sucedió en el siglo pasado, pero la sombra del colonialismo no se ha desvanecido. Al contrario: pesa sobre todos los territorios que fueron conquistados y repartidos por funcionarios que, cuenta la leyenda, aplicaron la escuadra y la regla para dividir el continente sin considerar la geografía ni la identidad étnica de los pueblos.
Los imperios dejan detrás reacomodos imposibles. Separan aliados enfrentándolos con enemigos que luchan por lo que consideran suyo. El colonialismo es la gran usurpación y sus huellas se manifiestan aún ahora en el caos y la violencia que en gran medida son su herencia. En Asia, en las Américas, en el Caribe, en el Oriente Próximo, la catástrofe persiste. Una de sus peores consecuencias es producir en los conquistados la vergüenza de serlo y el deseo perverso de identificarse con el opresor. Es un sentimiento que persiste en el post colonialismo y persigue a los humillados, sobre todo cuando emigran a la metrópoli en busca de mejores condiciones de vida.
En Estados Unidos, por ejemplo, gran parte de la fuerza represiva está formada por latinos. Son los Gutierritos que asesinaron a Renee Good y a Alex Petri en Mineápolis. 46 por ciento de estos prófugos de la miseria votaron por el factor naranja. Una especie de Síndrome de Estocolmo los subyuga dándoles la ilusión de haberse integrado en una sociedad cuyo racismo original continúa. El inmigrante cree que reproduciendo el mandato del patrón abandona su filiación racial y su pertenencia de clase. Lamentablemente es el caso de Priti Patel, Suella Braverman y Shabana Mahmood, sucesivas ministras de interiores, hijas de la inmigración empeñadas en negar a las próximas generaciones lo que ellas tienen. Es el síndrome del impostor.
El Reino Unido (RU) tiene un pasado colonial que exige ser reconocido. Desde fines del siglo anterior los grupos afectados en compañía de quienes se solidarizan con ellos han manifestado su repudio de esa herencia. Varias estatuas que celebraban a quienes hicieron fortunas con el comercio de seres humanos han sido abatidas y el recuerdo de Cecil Rhodes borrado de Oxford. La presencia de africanos, indios y paquistaníes reclama su lugar. El primer paso es reconocer la responsabilidad imperial que también afecta la posesión de bienes culturales. Los grandes museos de Europa son custodios de la rapiña y quizá el más famoso sea el friso que adornaba el Partenón, arrancado de allí por Lord Elgin a punta de dinamita.
Quienes defienden que esos y muchos otros artefactos permanezcan bajo la custodia de estas instituciones alegan que de haber permanecido en sus lugares de origen se habrían perdido ante la indiferencia de una población desinteresada ante la grandeza del pasado o ávida de traficar con sus fragmentos.
La conciencia emergente sobre la herencia funesta del colonialismo ha conducido a varios países africanos que fueran miembros del Commonwealth a exigir compensación por lo que consideran fue el crimen más grande contra la humanidad.
Durante siglos esos territorios fueron explotados y sus recursos naturales saqueados mediante la violencia extrema. Sin embargo, hasta ahora los líderes europeos sólo han ofrecido lamentaciones personales y exhortaciones a olvidar el pasado para poder avanzar. En nombre del futuro se pide cancelar la historia y anular la justicia.
“El retraso de nuestras naciones es resultado del espolio y el genocidio”, señaló en una conferencia Ralph Gonsalves, ex primer ministro de San Vicente. Y añadió que las amenazas del partido derechista Reform no los amedrentarán .
“La inseguridad y el conflicto persistentes, el fracaso institucional y social, son resultado de ese trauma irresuelto”, añadió.
Hasta el momento el RU jamás ha ofrecido una disculpa. En cambio, Nigel Farage, el líder de Reform, advirtió que de acceder al número 10 de Downing Street, impedirá que los ciudadanos de los países que buscan compensación obtengan visa para viajar al RU. Su actitud, coherente con el racismo del factor naranja, implica un doble castigo: el que padecieron los ancestros y el que Farage busca imponer a sus descendientes. Aduce que el RU fue la primera potencia en condenar el trato infame, pero olvida que las crecientes rebeliones de esclavos hicieron imposible mantener la esclavitud. En el Caribe los dueños de las plantaciones azucareras temblaban al oír los tambores.
El reclamo de las ex colonias busca la justicia que consiste en aceptar la responsabilidad, honrar la verdad y realizar reparaciones estructurales.
Clive Lewis, diputado laborista por Norwich South, observó que más de 20 millones perecieron debido a la esclavitud. La necesidad de reconocer este crimen contra la humanidad debe ser parte de la memoria histórica para iluminar los que se cometen actualmente mediante el tráfico de esclavas sexuales.
Ni Carlos III, quien con pesar señala que no se puede echar atrás el tiempo, ni Keir Starmer, el primer ministro, pagarán la deuda pendiente. Pero eso no significa que la factura desaparecerá. En el panorama geopolítico actual, en el que Europa padece la agresión doble del factor naranja y de su colega Putin, interesa fomentar el diálogo con África, aunque sólo sea porque es depositaria del 30 por ciento de minerales raros, fundamentales para las nuevas industrias digitales. Shabana Mahmood, actual ministra de interiores, que busca reformar a Reform para allegarse el voto de la extrema derecha, debería considerar que lo imposible en nombre de la justicia quizá sea posible en el nombre del propio interés.