Luna de miel

  • Columna de Bruce Swansey
  • Bruce Swansey

Ciudad de México /
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En Culcheth, una aldea en Cheshire donde creció Andy Burnham, los parroquianos en El Cerezo, el pub local, están contentos y orgullosos. ¡Uno de ellos ha llegado a ser primer ministro!

Y no sólo eso: en cinco días Burnham ha anunciado cinco cambios: descentralización bajo la bandera de “el número 10 del norte”, que confirma la reacción contra Whitehall como un elemento que obstaculiza la realización eficaz de obras locales y que devolverá el poder, según desea el primer ministro, a cada zona postal.

Hasta 1979 gran parte de las responsabilidades asumidas en Whitehall eran tarea de los ayuntamientos: regulación fiscal, planeamiento urbano y rural, salud pública y recolección de basura, construcción de vivienda para trabajadores, agenda educativa y cuidado y abastecimiento de las bibliotecas públicas, mantenimiento de las carreteras municipales, transporte público y espacios recreativos como parques, campos deportivos y piscinas. Con la llegada del neoliberalismo promovido por Margaret Thatcher los conservadores centralizaron estas tareas, lo cual aseguró el fortalecimiento del partido que desde entonces también se apropió de los fondos locales paulatinamente reduciendo su presupuesto hasta que desde 2010 este se contrajo 40 por ciento. En esto el flamante primer ministro se propone enmendar el desequilibrio abismal entre la sede del gobierno y las autoridades locales.

Burnham se propone también nacionalizar la energía y comenzará por el agua que, en manos privadas, es un desastre. En julio de 2021 Southern Water fue multada con 90 millones de libras después de haberse confirmado su responsabilidad por contaminar las costas de Hampshire, Kent y Sussex. Thames Water tampoco ha sido mejor administrada. El consejo directivo ha preferido repartir cuantiosas ganancias entre sus ejecutivos y los accionistas abandonando todo mantenimiento de la infraestructura que data de la era victoriana. Corresponde a los usuarios sufragar el escaso mantenimiento a través de constantes alzas en el precio del agua. La deuda actual de Thames Water asciende a 20 mil millones de libras. 25.3 millones se van en pagar ejecutivos convencidos de merecerlo. Hace falta dedicar 20.5 mil millones para reparar y actualizar la infraestructura y alrededor de 100 mil millones para nacionalizar este recurso.

El primer ministro también ha ofrecido bajar los impuestos a la electricidad en una medida que sus críticos definen como “populista”. La medida costará 850 millones y en la práctica asegurará la lealtad de los electores que ven en esa medida la conciencia que Burnham tiene del agravamiento de las condiciones de vida en el Reino Unido (RU).

Burnham también ha relajado la garra fiscal sobre los pubs y otros locales que ofrecen música en vivo porque los considera parte fundamental de la cultura y del posible rejuvenecimiento de los cascos urbanos que una vez terminada la jornada laboral quedan desiertos. Hace falta un proyecto sostenido de renovación urbana para rescatar los centros de las ciudades volviéndolos atractivos de nuevo no sólo comercialmente sino también habitables y seguros.

Burnham también fijó un precio límite de dos libras al transporte público en otro gesto por ayudar a la población que más lo necesita. Para hacerlo posible se requieren 500 millones, de los cuales Burnham señala que 400 vendrán de fondos destinados a ayudar a países que necesitan contrarrestar el cambio climático pero carecen de recursos. En lugar de donaciones, Burnham los convertirá en préstamos para supuestamente asegurar ese dinero.

Esto y su determinación de solucionar el problema de quienes viven y duermen en la calle perfilan una administración extraordinariamente dinámica durante la primera semana de gobierno. De nuevo, la pregunta es cuánto se requiere para solucionar un aspecto de la crisis que para muchos expresa la fractura económica y moral del país. Las estimaciones varían entre 1.9 y 19 mil millones dependiendo del plazo, las viviendas y la asistencia que se necesite para atender sólo en Inglaterra a 382, 618 personas.

Sus críticos ya objetan que estas medidas no paliarán significativamente el encarecimiento de la vida, ni resolverán la crisis del pub tradicional ni el cambio cultural que entraña y menos todavía el grave problema de los marginados. Más aún: estas buenas intenciones son gestos a corto plazo. La prueba de fuego consistirá en solucionar desde la raíz lo que excluye a la mayoría de los beneficios de un sistema secuestrado por los intereses de unos cuantos.

Burnham aspira a representar a la mayoría, aunque su gabinete indique lo contrario. En nombre de la unidad partidaria comenzó purgando de su gestión a quienes colaboraron con Keir Starmer, excepto Wes Streeting que renunció al ministerio de Salud, John Healey que renunció al ministerio de Defensa, Ed Miliband, el primer miembro del gabinete que le comunicó a Starmer que debía renunciar y Shabana Mahmood, quien se unió a los que deseaban a Starmer fuera del número 10.

Hasta el momento la luna de miel se sostiene, pero cada decisión favorece a unos y afecta a otros. Las preguntas comienzan a surgir y la principal es de dónde vendrá el dinero para financiar a mediano plazo el proyecto de Burnham. El enigma se aclarará cuando el presupuesto sea definido, pero por ahora las buenas intenciones del primer ministro son sólo eso.


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