Me encuentro en la web con un video en el que una mujer camina por la banqueta y a lo lejos ve a un sujeto de sospechosa imagen. Por aquello de no te entumas ella decide cruzar la calle simulando tomar una llamada telefónica. El tipo sospechoso advierte a lo lejos a un par de malandros y hace lo mismo que la fémina.
Los malandros observan que a lo lejos se aproxima una suerte de Freddy Krueger y hacen lo propio. El tal Freddie se encuentra con un artemarcialista y aplica la misma estratega. Y así, hasta que se demuestra que todos tienen una suerte de némesis.
Algo que en estos tiempos pondría a temer a cualquier, desde mujeres hasta malandros, pasando por estereotipos del terror y émulos de Jackie Chan, es la cancelación. Atrás quedaron los momentos de libertad expresiva y de puntos de vista incómodos.
Cuidado si hoy alguien se atreve a dar una opinión impopular. Peor si ese argumento va contra la corrección política. El peor de los pecados en tiempos de hipervigilancia social es no apegarse al modelo de la inclusión y el respeto a la diferencia.
Pero sobre todo no alinearse con la reprobación de las conductas rancias, por las cuales el fuerte y poderoso hace menos al que no lo es. Por más de que en el día a día y por sentido pragmático siga imperando esa dinámica.
Lo de hoy es manifestarse a favor de algo que esté en consonancia con causas humanistas, en particular si esas causas son escandalosos y tienen tufo de lesa humanidad. Y nada más alejado del afán progre que quedarse callado. Porque quien hace eso otorga.
Ahora resulta que mantenerse al margen, dejar de opinar o simplemente evitar pronunciamientos es malo. Decidir quedarse sin postura significa, a juicio de algunos fundamentalistas woke, ser cómplice de injusticias. Puede no gustar un tema, pero eso no obliga a tomar partido.
En esta coyuntura se le vino la noche a Metallica, porque James Hetfield, el vocalista, ponderó el papel de la banda como entretenedores y no como críticos de la realidad. Porque no están alineados con las manifestaciones contra Israel y decidieron dedicarse a lo suyo.
Sin detrimento de que algunas canciones de los viejos tiempos estén plagadas de consignas antisistema, tal parece que eso obliga por siempre a estos músicos a ser congruentes con el disenso, incluso cuando callan. Al parecer, el rock será siempre combativo o no será.
Desde luego que los metaleros de San Francisco tienen el derecho a no opinar. Incluso a estar equivocados. Nada más faltaba que no pudieran gozar de ello. Sin importar que por décadas gozaran del privilegio de cuestionar al mainstream a través de sus discos. Y seguir sirviéndose de él para venderlos.