Gianluca y Kevin

Estado de México /

Se atribuye al escritor francés Albert Camus la idea de que lo que sabía con más certeza sobre moralidad y obligaciones, se lo debía al fútbol. Quien fuera portero en sus tiempos de juventud, sabía que la condición humana puede explicarse desde muchas aristas, entre ellas la del deporte y en particular las del balompié y sus alcances plenos de lecciones morales.

Esto viene a cuento luego de la acusación de racismo del jugador del Real, Madrid, Vinícius Júnior, contra Gianluca Prestianni, del Benfica, lo que orilló a la puesta en marcha del protocolo contra la discriminación. Y aunque hasta el momento no se ha conseguido demostrar que el argentino discriminara al brasileño, se establecido una suspensión temporal contra el ofensor.

Eso en tanto la investigación sigue su curso, aunque no hay manera de demostrar que el del equipo lusitano haya dicho “mono” al madridista, como él lo ha sostenido, toda vez que se tapa la boca con la camiseta al momento de hablar, lo que hace imposible detectar la claridad del asunto.

En una época en que los actos de desprecio social son más reprobables que nunca, bien haríamos en analizar los alcances de cada acusación para no correr el riesgo de castigar sin la debida investigación a quienes tienen la sospecha de un acto así.

Hay una suerte de compensación histórica que agrava un acto de por sí reprobable. Y que se acentúa por la presión pública y la inercia woke. Para muestra está el actor Kevin Spacey y el giro que tomó su vida al haber sido señalado de acoso sexual en el marco del movimiento MeToo.

En un video que circula en la red se muestra al histrión dando un discurso en la Universidad de Oxford a estudiantes de derecho, a los que comparte la experiencia de alguien acusado sin fundamento, con la carga del desprestigio social y quedando impedido para desarrollar su trabajo y para vivir con la tranquilidad necesaria.

Spacey pregunta a los asistentes si creían que estaba hablando de su propio caso y, ante la sorpresa de todos, señala que se refería a Roscoe "Fatty" Arbuckle, un actor cómico del cine mudo, acusado de agresión sexual y de la muerte de la actriz Virginia Rappe, en 1921. Situación que nunca pudo probarse y que sirvió en el discurso para dar forma a una analogía que ilustra la malograda experiencia del laureado actor.

Esos hechos ilustran el riesgo de ser acusado sin que medien las pruebas necesarias. Pero con la certeza de que la presión social hará lo suyo para castigar a quien que tuvo el infortunio de ser señalado como culpable. Y que, salvo aquellos casos en los que bajo el imperio de la ley ameritan una sanción, no merecían ser pasados por el escrutinio de la opinión pública que en no pocas veces llega a mirar la paja en el ojo ajeno.


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