Un carrito que diga

Estado de México /

Pocas cosas nos definen tanto como aquello que hacemos cuando nos declaramos libres del escrutinio público. El filósofo madrileño Alejandro Sanz cantaba hace años, con la convicción de las cosas que se creen sin duda alguna, que podía ser o no ser cuando nadie le veía. Esa libertad que otorga saberse ignorado por el mundo entero es, además de cómoda, grata, porque implica no tener que mentir en pos de la convivencia.

Hay otras acciones que realizamos importándonos poco si se nos mira. Este tipo de casos cobran relevancia cuando no están sujetos a alguna norma que determine el comportamiento a seguir. Y cuando no existe castigo o recompensa que asegure su práctica u omisión. Dentro de este rubro están las normas de cortesía, como responder un saludo, ceder el asiento o el paso y hasta dar las gracias.

Pero hay un ejemplo que ilustra a la perfección el carácter de una persona. Ocurre ante los ojos de todos. Es una suerte de voz silenciosa que grita mucho del protagonista de la escena. Hablo de lo que se hace con el carrito del supermercado. Algo que en apariencia es un tema menor cobra relevancia por la significación que entraña.

Entendiendo que es complejo hacer compras sin depender de un coche de esos, como no sea llevando los artículos en la mano o dentro de una bolsa, resulta indispensable su uso. Nada más salir de la tienda y dejar los víveres en el auto viene el dilema respecto al chunche.

La “teoría” del carrito de supermercado implica considerar lo que hace alguien con el implemento una vez que ha dejado de serle útil. Los usuarios se dividen entre quienes lo llevan al sitio donde se asume deben ser colocados y quienes lo dejan donde caiga.

Ello explicaría el carácter moral de la gente y, como no hay acciones coercitivas que condicionen su comportamiento, la acción refiere la integridad del ser ante un acto simple, sencillo y libre. El problema surge cuando la acumulación de carritos abandonados en un sitio se convierte en el referente de dónde deberían ponerse.

Y cuando la costumbre se vuelve ley y se asume, en el mejor de los casos, que hay quien los regresa a su sitio. Lo peculiar de este tipo de conductas es que al definir al usuario se proyecta una idea de los rasgos de su personalidad, el temple que le traza y la inquietud por la huella que deja en el sitio donde se para.

En El libro de los abrazos, Eduardo Galeano señala contundente “al fin y al cabo somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Es claro que el uruguayo no tenía como objetivo los carritos del súper al acuñar la frase, pero aplica a este y otros casos en los que alguien se define por lo que hace y, particularmente, por lo que deja de hacer.


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