El Partido Verde Ecologista de México es, digámoslo así y no rían, flexible.
Basta ver con quiénes se ha aliado rumbo a las elecciones presidenciales desde su creación: Vicente Fox, Roberto Madrazo, Enrique Peña Nieto, José Antonio Meade, Claudia Sheinbaum.
En las del Legislativo federal han sido más variados en sus alianzas, no creo que haya partido con el que no hayan ido del brazo; y algo similar sucede con gubernaturas.
Eso sí, desde 2108 han sido muy morenistas –de tontos no tienen un pelo–.
Ahí están, vivos y con un par de estados en los que sus candidatos y gobernantes son más populares que los que vienen del propio Morena.
Han sabido, en todos estos años de existencia, aliarse con quienes los han protegido de escándalos que podrían haber terminado con las carreras de algunos de sus más importantes líderes: la muerte de una mujer en Cancún durante una fiesta del llamado “Niño verde” o una maletita con un millón de pesos en un aeropuerto por parte de su hoy coordinador electoral; un par de ejemplos, apenas.
Sí, el INE los ha sancionado, como cuando pagaron muchos millones por publicidad ilegal en 2015; pero ellos siguen vivitos y coleando. Cómo no. Nuestro sistema de partidos también produce estos ejemplos y el Verde ha aprendido a colarse, a acomodar candidatos, a no hacerla mucho de tos.
Hasta ahora.
Todas las buenas crónicas de la vida política de Andrés Manuel López Obrador y la construcción, después de tantos años de intentarlo, de su triunfo abrumador en 2018 y la construcción del movimiento hegemónico que es hoy la 4T, tienen claro que una decisión que ayudó a eso fue abrir las puertas a quienes por muchos años había criticado y, en algunos casos, despreciado. Fue ese gesto el que le ha dado las mayorías cómodas en el Legislativo para transformar a su gusto las leyes y la Constitución. Los votos del Verde son pocos, pero importan.
También tenemos claro que Claudia es diferente a López Obrador. Hay algo en aquel pragmatismo que le molesta, que no pasa bien por su formación, por su historia.
Tal vez ese sea el mejor arreglo.
La Presidenta manda su reforma electoral, el Verde impide que se haga y ya está.
Ella queda bien con los suyos, el Verde sigue en lo de ellos. Los dos ganan.
Y se volverán a sentar en la mesa para negociar.
Veremos.