Memín Pinguín es el negrito más famoso de México. Pero su origen es equívoco. ¿Cómo nació? “Pues no sé”, decía su creadora, Yolanda Vargas Dulché. “Me pidieron un argumento para niños y aquí en México no hay negritos. Entonces yo dije: lo voy a poner negrito”. La creadora del negrito más famoso del país pensaba que aquí no hay negritos. Fue creado por ella en 1945, cuando lo publicó por primera vez en la revista Pepín. La tira cómica del personaje tuvo un éxito sorprendente: en las décadas de los 70 y los 80, por ejemplo, vendía un millón y medio de ejemplares por semana. Sus editores lo describían así: “un negrito simpático y dicharachero, de baja estatura, que gracias a su buen humor y a su particular forma de ver el mundo conquista el corazón de sus compañeros”. Más tarde, su fama declinó.
Ese negrito simpático y dicharachero estaba a punto de morir en el olvido cuando, en el verano de 2005, apareció en una serie de estampillas dedicadas a la caricatura en México. Por esos días, el corresponsal en México de Associated Press mandó una nota escandalizada a los diarios de Estados Unidos. “El gobierno mexicano”, decía, “emitió una estampilla postal representando una caricatura exagerada de un personaje negro conocido como Memín Pinguín”. El New York Times y el Washington Post comentaron el asunto.
Entonces vino la protesta de líderes negros como Jesse Jackson. Incluso de la Casa Blanca: “Imágenes como ésta no tienen lugar en el mundo actual” (Scott McClellan, vocero del presidente Bush), “es totalmente impropio” (Steve Hadley, jefe del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca). Los timbres provocaron una reacción explicable porque, hacía apenas un par de semanas, el inefable presidente Vicente Fox había dicho que los mexicanos hacían trabajos en Estados Unidos “que ni los negros quieren hacer”. El rechazo de los estadunidenses, en todo caso, hizo que creciera la popularidad del negrito simpático y dicharachero: abundancia de artículos en la prensa, multitud de gente formada en filas para adquirir las estampillas en el Palacio de Correos, edición de homenaje de Memín Pinguín publicada a colores por el Grupo Editorial Vid, que dirigía el hijo de Vargas Dulché.
El episodio fue importante por ser revelador de nuestra relación con los negros. No los identificamos como lo que son, una de nuestras raíces, en parte porque no los registramos a nuestro alrededor, diluidos por el mestizaje, pero en parte también porque no los queremos registrar.
Es una relación muy distinta de la que existe en Estados Unidos, por ejemplo, un país profundamente racista porque no conoció el mestizaje, en contraste con Brasil o Cuba. Allá, los negros son negros y los blancos son blancos; son iguales pero viven separados, según una consigna de los 60, que aún tiene vigencia. Allá, la marginación histórica que han sufrido los negros —que según Alexis de Tocqueville puede ser remediada solo con el mestizaje— los ha hecho especialmente sensibles a la discriminación, por lo que es necesario referirse a ellos con expresiones políticamente correctas que cambian con el tiempo (ahora mismo es Afro-Americans). Pero aquí, también, los negros son negados de otra forma.
Investigador de la UNAM (Cialc)
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