Vender el alma al diablo

Ciudad de México /

Quien pacta con el diablo ofrece su alma a cambio de un favor: el poder, la riqueza, la fama, el conocimiento, la juventud… Vende lo más preciado que tiene: su alma, a cambio de algo que codician todos los hombres (pero que, curiosamente, no es la felicidad). El pacto puede ser oral o escrito. Oral, por medio de rituales, conjuros, invocaciones; escrito, por medio de un contrato que a menudo es firmado con sangre.

Teófilo de Adana era un clérigo que vendió su alma al diablo para poder triunfar sobre la enemistad de su obispo, según la versión en griego escrita por Eutichianus, quien aseguraba haber sido testigo de los hechos, ocurridos en el siglo VI. Es el ejemplo más antiguo que conocemos de un pacto con el diablo. Teófilo, arrepentido, pudo ser redimido por la Virgen María.

La leyenda más conocida del hombre que vende su alma al diablo está inspirada en la vida de Johann Georg Faust, mago y alquimista que nació en Knittlingen, Alemania, a finales del siglo XV. Sabemos que estudió en la Universidad de Heidelberg; suponemos que murió en una explosión en su laboratorio a mediados del siglo XVI. Luego de su muerte, sus aventuras fueron dadas a conocer en un folleto que inspiró a Christopher Marlowe a escribir una obra de teatro llamada La historia trágica de la vida y la muerte del doctor Fausto, producida en Londres en 1592. Shakespeare la debió de haber visto. Fue la primera representación del mito de Fausto. Por esos mismos años surgió en Polonia la leyenda de Pan Twardowski, un brujo que vendió su alma a Satanás.

Johann Wolfgang von Goethe fue quien le dio la forma más acabada a la leyenda de Fausto, el hombre que, a cambio de conocimiento, le vendió su alma a Mefistófeles. Goethe comenzó a escribir la historia a principios del siglo XIX. El proyecto dominó toda su vida intelectual: la primera parte de su poema dramático, Fausto, apareció en 1808, y la segunda parte fue terminada en 1831, un año antes de su muerte. Un siglo después, en 1948, otro alemán, Thomas Mann, retomó la leyenda, escribió la novela Doktor Faustus, para explorar la corrupción física y espiritual del protagonista, que renuncia al amor a cambio de un mayor poder creativo, como una metáfora de la corrupción que vivió Alemania durante el Tercer Reich.

“Cada época histórica tiene a su propio Fausto”, escribió Kierkegaard. La leyenda ha inspirado a la música (Schubert, Wagner, Berlioz), la poesía (Pushkin, Byron, Heine), la novela (Turguienev, Wilde), la pintura (Rembrandt, Delacroix), el cine (Murnau filmó a Fausto con Emil Jannings), incluso la cultura popular (The Simpsons). Todos vivimos alguna vez una encrucijada faustiana. Buscamos el placer inmediato, a pesar de que sabemos que nos causará dolor al largo plazo. La leyenda nos advierte que debemos desconfiar de la seducción de la fama y el poder. ¿De qué nos sirve ganar el mundo entero, si perdemos el alma?

Revertir un pacto con el diablo es extremadamente difícil, desde la perspectiva cristiana y folclórica. El pacto es un compromiso con el mal: genera una condena, la degradación moral del alma. En ocasiones, a través del arrepentimiento y la fe, es posible la liberación. Pero el arrepentimiento tiene que ser real. Implica reconocer el pacto, y pedir perdón.


  • Carlos Tello Díaz
  • Narrador, ensayista y cronista. Estudió Filosofía y Letras en el Balliol College de la Universidad de Oxford, y Relaciones Internacionales en el Trinity College de la Universidad de Cambridge. Ha sido investigador y profesor en las universidades de Cambridge (1998), Harvard (2000) y La Sorbona. Obtuvo el Egerton Prize 1979 y la Medalla Alonso de León al Mérito Histórico. Premio Mazatlán de Literatura 2016 por Porfirio Díaz, su vida y su tiempo / Escribe todos los miércoles jueves su columna Carta de viaje
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