El discurso de la presidenta Claudia Sheinbaum en el Zócalo ayer no fue un simple inventario de obras, programas o cifras de dos años de gobierno.
Esos datos estuvieron ahí, como corresponde a una rendición de cuentas.
Pero detrás apareció algo de mayor importancia: una narrativa sobre el ejercicio del poder, su origen y su legitimidad desde el poder soberano del pueblo.
Sheinbaum regresó hasta Morelos y a los Sentimientos de la Nación para recordar una idea que atraviesa nuestra tradición constitucional: la soberanía dimana originalmente del pueblo. Desde ahí se legitima la transformación política del país.
No es solamente una pretensión discursiva. La Cuarta Transformación es ya un proceso político que ha modificado instituciones, prioridades públicas y buena parte de la arquitectura normativa del Estado mexicano.
No fue casual que la Presidenta escogiera el 27 de septiembre, aniversario de la consumación de la Independencia, para detenerse en la historia. Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero, Carranza, Villa, Zapata y Lázaro Cárdenas desfilaron por el discurso antes de llegar a Andrés Manuel López Obrador y a la Cuarta Transformación.
La lectura es clara: Sheinbaum coloca el momento actual dentro de una continuidad marcada por independencia, soberanía, justicia social y democracia.
La cuarta transformación debe alcanzar algún día la dimensión histórica de la Independencia, la Reforma o la Revolución y quizás en unas décadas aun lo alcanzaremos a ver como algo consumado.
Pero hoy existe algo menos discutible: México atraviesa una transformación institucional y constitucional profunda que a muchos les retuerce.
La presidenta Sheinbaum fue más lejos al señalar que la actual legislatura se ha comportado como una suerte de Congreso Constituyente. Jurídicamente continúa vigente la Constitución de 1917; políticamente, la expresión revela el tamaño del cambio que el movimiento atribuye a las reformas aprobadas.
Durante buena parte de nuestra historia reciente, grupos económicos y políticos acumularon una enorme capacidad de influencia.
La transformación ha buscado desplazar ese centro de gravedad hacia un Estado con mayor capacidad de intervención y ampliación de derechos sociales, laborales y políticos.
La otra gran palabra del Zócalo fue soberanía. La Presidenta sostuvo que ninguna potencia extranjera ni élite económica o política debe decidir el presente y el futuro de México.
El mensaje cobra especial relevancia cuando la relación con Estados Unidos enfrenta discusiones comerciales, migratorias y de seguridad cada vez más complejas.
Pero transformar un país no consiste únicamente en reformar leyes o modificar instituciones.
También significa disputar políticamente la continuidad de esas transformaciones. Y ahí comienza quizá el reto más delicado. México entró ya en la ruta de 2027: estarán en juego la Cámara de Diputados, 17 gubernaturas y numerosos cargos locales.
La oposición buscará capitalizar el desgaste natural de cualquier gobierno, las controversias públicas y los conflictos internos; Morena, por su parte, deberá cuidar la unidad frente a proyectos personales que pueden anteponerse al movimiento.
El desafío es doble: mantener el proceso de transformación institucional y construir la fuerza política necesaria para conservar respaldo electoral y capacidad legislativa.
Las reformas necesitan votos para aprobarse, pero también legitimidad social para sostenerse.
Y aquí aparece una pregunta que el propio movimiento tendría que hacerse: ¿será capaz Morena de corregir a tiempo sus errores, evitar la complacencia del poder, fortalecer su unidad y formar mejores cuadros para gobernar?
La autocrítica no debilita una transformación; puede impedir que se desgaste desde dentro.
La soberanía popular no pertenece a un partido ni a una élite económica, política o mediática.
Pertenece al conjunto de ciudadanos que, elección tras elección, decide quién gobierna y bajo qué proyecto.
Ese es el verdadero poder soberano.
Dos años después, Claudia Sheinbaum no solamente presentó resultados.
Presentó una interpretación del momento histórico mexicano: soberanía, pueblo, justicia social y transformación institucional.
Pero toda transformación que quiera permanecer necesita algo más que reformas: necesita convencer con plenitud y exhaustividad.
Esa será una de las grandes pruebas políticas de 2027: comprobar si la transformación que hoy se expresa en leyes, instituciones y políticas públicas conserva también la voluntad mayoritaria que le dio origen y la defensa de la soberanía por encima de cualquier interés o fuerza de propios o extraños.