Este jueves, decenas de personas caminaron desde Khlong Toei, uno de los barrios más pobres de Bangkok, hacia el centro de convenciones donde se reúnen el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
Algunas llevaban máscaras de dirigentes mundiales. Otras arrastraban un enorme cerdo rosa con signos de dólar en los ojos.
Afuera se hablaba de deudas, pobreza y contaminación; adentro, de crecimiento, inversión y estabilidad.
La escena no enfrenta simplemente a quienes entienden la economía con quienes la padecen.
Expone mucho más, dos maneras de describir una misma realidad que rara vez se encuentran.
Mientras las instituciones financieras calculan riesgos y proyectan indicadores, las familias calculan cuánto pueden endeudarse para llegar a fin de mes.
Unos más pendientes de los rendimientos de la bolsa y otros pendientes de que haya algo de comida en el comal. Unos llaman ajuste a una decisión presupuestaria, otros conocen sus efectos cuando se encarece la vida o se reduce un servicio.
Ninguna cifra es irrelevante. Pero tampoco es neutral la decisión de qué contar y qué dejar fuera.
La protesta ocurrió durante una semana en que el FMI advirtió que el crecimiento de Asia podría desacelerarse. Es una preocupación legítima.
También lo es preguntar quién paga el precio de las respuestas propuestas y quién tiene la posibilidad de discutirlas.
No basta con convocar expertos para decidir sobre la vida de millones de personas.
La participación no puede reducirse a escuchar inconformidades después de haber definido las soluciones.
Escuchar supone admitir que quienes viven un problema pueden reconocer dimensiones que no aparecen en los modelos y, sobre todo, intervenir en las decisiones.
Quizá el desafío no sea solamente conseguir que la economía crezca, sino discutir públicamente qué merece crecer, para quién, a costa de qué y de quiénes.
Porque una sociedad no se desarrolla de verdad cuando mejora sus indicadores mientras obliga a sus habitantes a protestar para hacerse visibles.
@davidperezglobal