La relación entre realidad y ficción es un tema sumamente recurrente, en el sentido de si acaso las ficciones violentas son causa de violencia o si son más bien un mero retrato de algo que de todos modos ocurre en la realidad. Lo anterior a cuento de que con el remake en formato de serie de la película clásica Carrie (1976), basada en la novela homónima de Stephen King (1974), volví a la película original, un clásico donde la adolescente Carrie escenifica una espectacular venganza contra sus compañeros de clase que la han maltratado y humillado durante la historia entera. Es muy significativo que la violencia de Carrie se base en poderes sobrenaturales, pues parecería ser inconsciente puro, y de hecho en la película de Brian De Palma el pasaje al acto violento se produce en una especie de estado de trance psicótico, como si ni siquiera lo pensara, sino que fuera tal su impulso reprimido de venganza que le tuviera que dar rienda suelta de manera espectacular.
Cuando años después comenzó a producirse el fenómeno en la vida real de los adolescentes que escenificaban matanzas en preparatorias u otros espacios públicos de la vida estadunidense, la historia de Stephen King cobró un nivel de anticipación que en su momento no fue vislumbrado, pues era como si la fantasía que actúa Carrie a partir de la violencia que padece tanto por parte de sus compañeros como de la propia institución educativa, estuviera actuándose en la realidad. Y lo más escalofriante es que posterior a Carrie Stephen King publicó bajó seudónimo otra novela titulada Rage, donde un adolescente dispara a su maestra de álgebra y mantiene secuestrados en el salón a punta de pistola a sus compañeros, como venganza por el mismo bullying que padece Carrie. Sin embargo, en un ensayo titulado Guns, donde aborda estos temas, King cuenta que pidió a sus editores retiraran el libro de circulación, pues resulta que al menos cuatro adolescentes que cometieran este tipo de actos habían leído Rage o lo llevaban consigo al momento de escenificar los actos violentos. En el ensayo (disponible gratuitamente en internet) King afirma (con razón) que no se siente directamente responsable, pues evidentemente había otros factores que llevaban a estos chicos a actuar de esa forma, pero que aun así consideraba su deber que el libro no circulara más.
Lo que para mí es muy significativo es que en su lúcido análisis, King termina desembocando en el énfasis habitual que se repite cada vez que sucede una de estas tragedias, el del fácil acceso y la inmensa proliferación de armas en Estados Unidos, cuestión en parte bastante cierta, pero niega explícitamente que en su país haya una “cultura de la violencia” (¿?), amparándose principalmente en un análisis de los libros más vendidos y las películas y series más vistas de ese momento, y no considera tampoco que sea particularmente violento el sistema de castas juvenil que en sus dos ficciones sí lleva a los protagonistas a los respectivos estallidos (sí menciona al principio sus horrores, pero no lo considera una causa fundamental de los actos específicos de violencia adolescente).
Es de alguna forma como si la mente literaria de King pudiera acceder a verdades profundas que luego su yo racional no estuviera del todo dispuesto a aceptar, y se quedara confinado en el argumento de que el problema básico es el acceso a las armas, y no también la ira subyacente a una sociedad despiadada con sus miembros, donde según cifras actuales mueren al día 120 personas por disparos de arma.