El doble fue la segunda novela de Dostoievski, y quizá por lo mismo se permitió explorar de manera sumamente libre y metafórica la figura del doble o döppelganger, más tradicionalmente asociada al género de misterio o terror, en un contexto sumamente pedestre, como lo es el del funcionario Goliadkin, cuya vida rutinaria y un tanto miserable se ve trastocada por la aparición de un doble suyo, Goliadkin II, quien irrumpe en su vida para atormentarlo con su mera presencia. Aparecida en 1846, una de las más amplias interpretaciones de la novela tiene que ver con la figura del doble como alucinación psicótica o esquizofrénica, y es muy interesante considerar que en términos clínicos el término no aparecería hasta comienzos del siglo XX.
En la novela de Dostoievski no es sólo que comienza a aparecer con mayor frecuencia el señor Goliadkin II, sino que al ser una proyección con los rasgos que secretamente ansiaría poder tener el señor Goliadkin (muy parecido a lo que sería un siglo y medio después Tyler Durden en El club de la pelea, sólo que la narración de Dostoievski es acaso más desconcertante porque el parecido físico vuelve imposible la fantasía que sostiene al Club de la pelea, de pensar que se trata de personajes distintos hasta el desenlace final), empieza el funcionario a enloquecer obsesionándose con la alucinación o proyección de sí mismo. Al grado de que primero le escribe (¿se escribe?) cartas donde le reclama su existencia: “La porfía de usted, señor mío, en inmiscuirse en el ámbito de mi existencia y de todas mis relaciones en la vida práctica rebasa ya los límites que marcan la simple cortesía y la más elemental sociabilidad”. Lo cual va en aumento hasta que Goliadkin I parecería advertir (sin nombrarlo como tal) que se encuentra en juego su propia cordura y se declara enemigo abierto de su propia proyección: “O usted o yo. Ya no hay sitio para los dos (…) Quedo a su disposición —incluso con pistolas—”.
Hasta que se cruza un nuevo umbral donde el doble desprecia públicamente al original, cuando tras darle la mano en público arranca “con intolerable descaro y grosería, su mano de la mano del señor Goliadkin I, y lo hizo sin escrúpulos, sin piedad, sin compasión, sin delicadeza”. Con este gesto Dostoievski anticipa también la idea de una conciencia moral o súper yo que castiga con sus juicios a lo que podría llamarse una suerte de yo original o primigenio. Que en términos de obras que abordan igualmente temas de esquizofrenia y personalidad múltiple lo podríamos ver también en Psicosis, donde Norman Bates se castiga a sí mismo a través de la voz atribuida a su madre (que en el desenlace de la película sabemos lleva largo tiempo muerta). Sólo que precisamente por eso es más inquietante el mecanismo puesto en marcha por Dostoievski, pues —como ya se estableció— no usa el artificio de que la proyección sea otro: es un “Yo es otro” rimbaudiano llevado a su expresión más literal que no permite el desarrollo de la trama basado en que el lector crea que se trata de dos entidades distintas, como sucede en la mayoría de las obras que abordan el tema de la doble identidad.
Y quedaría como tema para otro análisis más detallado qué tanto no se simboliza en El doble también el actual fenómeno de la proyección de un yo idealizado (o de una vida idealizada) a través de las redes sociales. Donde vemos al presidente del país más poderoso del mundo posteando imágenes donde se rejuvenece con inteligencia artificial, afirmando que es más joven y tiene más energía que su yo vestido de cadete a los veintipocos años. Como muestra de que las más extremas metáforas literarias a menudo terminan por colarse directamente en nuestra realidad.