Algo característico de la actual época un tanto demencial que atraviesa el mundo es la enorme polarización y falta de matices, donde parecería que hay que pertenecer o pensar como alguno de los bandos en competencia, y no hay espacio para el razonamiento crítico, pues es más bien un tema de adhesión ya sea política, o incluso cultural, a un cierto principio o cuerpo de ideas. Y las batallas se dan así —a menudo bajo insultos— entre los distintos bandos, cada uno convencido de tener la razón, sin que exista la posibilidad de que un análisis puntual permita formar o moldear los puntos de vista según las circunstancias, sino que parecería que la opinión es algo previamente formado, a partir de la ideología, y simplemente en cada nuevo suceso se alinea con lo que se considere la postura adecuada para representar al bando al que se pertenece.
A propósito del pensamiento monolítico, en su libro clásico El erizo y la zorra, el filósofo Isaiah Berlin trazó una distinción que parte de un verso del poeta griego Arquíloco: “La zorra sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante”, para categorizar dos métodos de pensamiento distintos. Por un lado el del erizo, referente a “quienes lo relacionan todo con una única visión central, con un sistema más o menos congruente o integrado, en función del cual comprenden, piensan y sienten”. Y por otro el de la zorra, que “ocupa muchos planos a la vez, aprehende el meollo de una vasta variedad de experiencias y objetos según sus particularidades, sin pretender integrarlos ni no integrarlos… en una única visión interna inmutable y globalizadora”. Y durante el resto del libro analiza el caso de Tolstoi, quien pese a su vocación de erizo, y de encontrar una única visión total que explique el devenir humano (y de sus personajes), en realidad no podía dejar de narrar genialmente las complejidades, vacilaciones, incertidumbres e incongruencias que componen las vidas individuales. Por lo que era una “zorra por naturaleza, pero creía ser erizo”.
Creo que resulta muy útil la distinción de Berlin para explicar buena parte del discurso actual, así como la dificultad para entablar a los distintos niveles cualquier tipo de diálogo, pues es en gran medida una suerte de diálogo de erizos apegados a sus creencias y visión central únicas, lo que hace imposible considerar siquiera un punto de vista que se desvíe del propio. Incluso desde los más altos centros de poder, en estados formalmente laicos, son sumamente comunes las referencias a la voluntad divina para por ejemplo llevar a cabo acciones militares (recién apareció en The Guardian un artículo sobre más de 200 soldados estadunidenses que se quejaron formalmente porque numerosos comandantes del ejército fundamentan el ataque a Irán como “parte del plan divino de Dios” y los instan a combatir mediante referencias al Libro de las Revelaciones, el Armagedón y el inminente retorno de Cristo). Y más allá de la religión, existe una marcada tendencia a encuadrar la política dentro de una lucha entre el bien y el mal (“acabaremos con los zurdos de mierda”, etcétera). Es decir, visiones monolíticas en competencia entre las cuales no puede haber un punto de encuentro.
Que se trata más o menos del mismo fenómeno que se aprecia de manera mucho más atomizada y masiva en el discurso de las redes sociales, donde cada cual hace suya a su manera la mentalidad de erizo, para lanzar máximas, sentencias, insultos y demás, con la certeza plena de estar en lo correcto.
Ante lo cual quizá sólo queda por decir: Más Tolstoi y menos ____ (llénese aquí el nombre del erizo contemporáneo de su preferencia).