Recién vi una de las más sonadas películas del año, considerada firme candidata para obtener numerosos Oscar, La invitación, la comedia sexual dirigida por Olivia Wilde, protagonizada por ella misma, Seth Rogen, Edward Norton y Penélope Cruz. Se trata de un remake de una obra de teatro y película española, Sentimental, del director Cesc Gay. El matrimonio de Rogen y Wilde, Joe y Angela en la película, atraviesa una clara crisis desde la primera escena, y la acción comienza cuando ella le comunica que ha invitado a cenar al matrimonio vecino del departamento de arriba, Hawk y Pina. Desde la llegada de estos se producen intercambios que oscilan entre la tensión y el humor negro y la trama se adentra por un giro inesperado, relacionado con el sexo estridente que desde el principio se comunica sostienen Hawk y Pina, en lo que termina siendo una detallada reflexión sobre las relaciones amorosas contemporáneas, las formas que la gente encuentra para combatir el estereotipo del aburrimiento y la rutina, comúnmente asociados a la idea del matrimonio monógamo. Si bien al leer la descripción podría pensarse que es una película emparentada con las comedias sexuales de Woody Allen, o con Un dios salvaje, de Yasmina Reza, ha sido más comparada con ¿Quién teme a Virginia Woolf?, a causa de los giros negros y el retrato de la visceralidad de las relaciones de pareja.
Me gustaría ver la versión original española, pues intuyo que este remake pueda estar fuertemente teñido por la un tanto regañona moral hollywoodense, en este caso encarnada en lo que difícilmente pueda no considerarse la superioridad moral que encarnan los personajes de Hawk y Pina, quienes prácticamente desde que entran en escena pronuncian máximas y sentencias de todo tipo, ni siquiera vinculadas únicamente con el amor o la sexualidad, sino que parecerían convencidos de que saben conducirse mejor en ese asunto llamado vida, y para todo tienen una frase lista que explica a la pareja en crisis lo que debería hacer o pensar. Por lo que más que una comedia sexual se siente como una disertación pedagógica en la que la propia sexualidad termina siendo más un mandato apegado a un libreto determinado, en este caso por Hawk y Angela, que una expresión de elecciones personales. Muy en consonancia con la neoliberal obsesión de la actual época por acumular, registrar y presumir la mayor cantidad posible de experiencias, como si la propia vida estuviera calificada en una app que comunicara a los demás (seguidores, de preferencia) cuántas estrellas tiene nuestro rating vital a partir de la forma en que nos conducimos. Con el énfasis puesto en narrar y compartir la propia experiencia de vida ante los ojos de los demás.
Pues justamente de lo más divertido de Woody Allen era que al final se desembocaba casi siempre en lo inherentemente absurdo de la condición humana y sus avatares amorosos, así como de las dos parejas de Un dios salvaje en realidad ninguna se salva, pues por turnos exhiben sus contradicciones, o incluso la magistral ¿Quién teme a Virginia Woolf? es un visceral retrato del rencor y resentimiento de pareja llevado a sus niveles más extremos, al grado de que si uno fuera el terapeuta de Liz Taylor y Richard Burton les recomendaría que por nada del mundo se separen, pues posiblemente necesitan ese odio compartido tanto como el aire que respiran. En cambio La invitación parece sugerir que con un poco de experimentación sexual, aderezada por frases hechas y largas reflexiones de sabiduría new age se soluciona la crisis de la pareja contemporánea. Habrá que hacer luego un remake que detalle cómo es la vida de personas que tienen tan claro cómo debe vivirse la vida correctamente.