En un genial cuento de Dostoievski titulado “El sueño de un hombre ridículo”, el protagonista ha decidido suicidarse. Sin embargo, cuando una niña pequeña le pide ayuda con desesperación en la calle y la rechaza, entra en conflicto y pospone el acto. Sueña esa misma noche que se suicida y emprende en el sueño un viaje a una suerte de planeta Tierra alternativo donde sus habitantes viven en un estado de gracia perpetuo, sin dolor ni pecados en “una especie de unión esencial, viva e ininterrumpida con el Todo del universo”. Hasta que el protagonista los corrompe y le enseña la mentira, los celos, la crueldad: “Conocieron la pena y la amaron; ansiaban el tormento y decían que la Verdad sólo se alcanza mediante el tormento. Entonces apareció entre ellos la ciencia”. Arrepentido por haber introducido el caos y el sufrimiento en su planeta, les pide que lo crucifiquen: “Pero sólo se reían de mí y al final empezaron a tomarme por un loco santo. Me justificaban diciendo que sólo habían recibido lo que ellos mismos deseaban y que todo cuanto acontecía era inevitable. Por último, me advirtieron de que empezaba a ser un peligro para ellos y que, si no guardaba silencio, me encerrarían en un manicomio”.
Este cuento apareció unos pocos años antes que la última novela de Dostoievski, Los hermanos Karamazov. Ahí aparece el muy célebre fragmento conocido como “El Gran Inquisidor”, un poema que Iván jamás escribirá pero en cambio le relata detalladamente la idea del mismo a su hermano Aliosha: Cristo regresa de incógnito a la Tierra en la Sevilla del apogeo de la Inquisición y la gente lo reconoce de inmediato. Tras obrar el milagro de resucitar a una niña, un anciano de 90 años, el Gran Inquisidor, lo manda arrestar y sostiene un monólogo en la celda (Cristo no pronuncia palabra durante todo el relato). Lo increpa en cuanto a las razones de su regreso, bajo el argumento de que la libertad espiritual que ofrecía a la Humanidad no estaba destinada para las masas y que ellos, la casta sacerdotal, al imponerle orden al rebaño y marcarle los límites de su libertad, lo han hecho por su bien y los han hecho felices en el proceso: “La Humanidad en pleno, con sus millones de seres humanos, será feliz, exceptuando a los centenares de miles de personas que la dirijan. Porque tan sólo nosotros, que guardaremos el misterio y el secreto de todo, seremos desgraciados”. Cuando termina de escuchar su invectiva, Cristo simplemente le da un beso en los labios. El Gran Inquisidor le pide airado que se marche y no vuelva nunca más.
Existe un evidente paralelismo entre estas dos historias, sólo que la del cuento parecería ser un tanto más inocente y optimista, en primer lugar porque ocurre dentro de un sueño, en tanto que el poema de Iván se sitúa en un lugar y tiempo específicos, dotándolo de mayor realidad, o siendo un comentario más puntual sobre las sociedades humanas. Por otra parte, cuando en el cuento el protagonista ofrece ser crucificado por introducir el pecado, lo tildan de loco y lo amenazan con meterlo en el peor de los casos en el manicomio. En cambio, al Cristo crucificado que regresa de incógnito en la parábola de “El Gran Inquisidor” se le comunica que la casta sacerdotal que detenta la verdad tiene organizado al rebaño y le coarta la libertad por su propio bien, pues no está capacitado para decidir por sí mismo. La segunda parábola parecería denotar un cambio que llegó para quedarse, incluso en sociedades con pretensiones de secularidad y racionalidad, como las actuales. Sólo que en lugar de una existen numerosas castas sacerdotales en competencia, convencidas cada una de poseer la verdad que el rebaño simplemente no consigue ver.