La Inteligencia Artificial no es neutral. Esta afirmación se ha viralizado a partir de sendas reflexiones éticas que se han hecho sobre las orientaciones y resultados que dan las diversas aplicaciones que la utilizan. La reciente polémica sobre el plagio en los resultados del examen de admisión a la UNAM, lo demostraron una vez más.
No es culpa de la IA ni de las autoridades de la máxima casa de estudios de nuestro país, lo es de quienes deliberadamente optaron por cederle autonomía a un conglomerado de algoritmos y no confiar en su propia capacidad de estudio y esfuerzo. Creyeron ingenuamente que la IA pensaba más, actuaba mejor y tomaba mejores decisiones; el resultado fue no sólo inverosímil sino sospechosamente sorprendente.
Este caso, lejos de ser una cacería de brujas, debe llevarnos a la reflexión personal y social sobre la importancia que le hemos concedido a la IA en nuestras vidas personales y profesionales y en nuestra conciencia ética que es donde reside nuestra verdadera humanidad y precisamente aquello que nos diferencia de un robot o una máquina.
Lo que llamó la atención no fue la filtración de resultados, las búsquedas exactas de respuestas en softwares o aplicaciones de IA, sino el poco margen de error que presentaban los exámenes, es decir, al contrario de la lógica investigativa que analizaría las causas más frecuentes de errores en las formas de las preguntas, puntajes no equilibrados, ausencias de conocimientos y lagunas de aprendizaje, llamó la atención ahora, el poco fallo de los alumnos, lo sobresaliente de sus calificaciones y la superación exitosa A una prueba ardua y difícil, o, al menos, así se consideraba.Se esperaba el error, no el acierto y, sin embargo, se valoraba el acierto y no el error.
Esto debe alertarnos sobre lo que pocas veces valoramos en nuestra cultura: el error. Errar es, incluso, más frecuente que acertar y representa no sólo una oportunidad de aprendizaje sino el reflejo de una condición que no es perfecta: la de ser humanos.
A diferencia de las máquinas y la IA, el ser humano se equivoca, falla, no sabe, se confunde, se le olvidan las cosas, sus cálculos no son precisos ni exactos, está sujeto a distracciones, preocupaciones, modos erróneos de interpretación de la realidad, influenciado por factores y valores culturales, sociales, religiosos y políticos.
Nada en el ser humano es perfecto y todo en él es perfectible; por eso llamó la atención la cantidad tan grande de “aceptados” por aciertos y calificaciones altas en el examen y generó la sospecha del eterno “por qué” de nuestra naturaleza humana falible.
En este contexto, se puede aprovechar la circunstancia que, por penosa y vergonzosa que sea, nos enseña que lo humano es el fallo y no el acierto y que cuando es demasiado perfecto, probablemente no sea resultado de una acción humana.
Valorar esto abre a la posibilidad de seguir aprendiendo y de continuar intentando, es decir, nos capacita para permanecer no sólo humildes sino eternos buscadores de las mejores respuestas que nunca llegarán pero que, frente a las cuales, quizá mañana estemos más cerca de lo que hoy estuvimos.
Mientras que la IA emula el aprendizaje humano, la inteligencia humana lo crea, lo perfecciona y lo empuja.
Si la IA trabaja con datos del pasado que puede memorizar, calcular y precisar, los seres humanos trabajamos con un futuro incierto y desconocido que nos atrae y nos causa temor, pero con quien hemos aprendido a bailar a fuerza de nuestra imaginación y de nuestro “genio humano”, capaz de unir el saber racional con la inteligencia creativa, porque la IA no crea, no inventa, no genera nada nuevo, por el contrario, da, arroja, repite, calcula, sistematiza, esquematiza, pero no se abre a lo “no dado”, a la novedad y al riesgo que implica abrazarla.
Por eso la IA no se equivoca y por eso da exactitud, porque no arriesga y no desarrolla otras capacidades que sólo la inteligencia humana, que alberga al corazón, logra desarrollar y con base en las cuales no aprende la realidad sino que la experimenta.
Tal vez la discusión sobre si debe hacerse el próximo examen presencial o no, no deba ser tan importante como preguntarnos ¿cómo medimos nuestra capacidad para hacer de los errores experiencias? Sólo así, el error será valorado como positivo y daremos paso a una nueva forma de entender y de entendernos como humanos.
No somos cálculos ni predicciones, somos lo que no salió bien y quiere mejorar, el proceso entre uno y otro es lo que importa, no un número ni un porcentaje. Para esto sirve la educación, para esto sirve o debe servir una universidad.