Hurgando en el chanclerío

Ciudad de México /
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Y todo estaba en santa paz, hasta que llegó la hora de cooperar: para la contribución anual y el predial; que habrá que entrarle con billete, porque alguien decidió pintar y el color lo decidió ese mismo “alguien” por su propia cuenta, porque ya es necesario que…

No está fácil la situación para la gente de a pie, más si tienen la mala costumbre de comer y chamacos en edad escolar y además mascotas, que aunque sea pellejos piden pa’ llenar la tripa.

Para el administrador del vecindario la situación no es fácil: que hay que hacer la cooperacha pa’ lavar la cisterna; que hay que pintar el portón; que la tubería principal está averiada, y hay que pagarle al plomero para que la restaure y los inquilinos se surtan del vital líquido.

Por más que renieguen, los padres de familia tienen que exprimir el bolsillo para caerse con su cuerno y evitar que los demás rentistas se le echen encima, porque nosotros sí le entramos y tenemos que sostener a los morosos que se hacen que la virgen les habla.

Además, los chamacos no perdonan y repiten la cantaleta: dijo la maestra que si sigo trayendo los zapatos rotos ya no me va a dejar entrar y que mejor le pida a mi papá que haga el sacrificio y me compre aunque sea unos de segunda mano.

Ahí tiene usted a la familia, hurgando entre el chanclerío del tianguis del jueves: a ver, mídete este par, no se ven tan cateados y aguantan, cuando menos hasta que consiga chamba y te des el lujo de estrenar, m’hijo, pero en cuanto caiga un trabajito tendrás unos que hasta envidia darás.

—Uyyy, eso me dices siempre, y si bien me va tendré unos relingos para que mis amigos se burlen y digan que el difunto tenía la pata más grande que la mía…

— Pues antes di que traerás zapatos, porque yo miro que algunos de tus amiguitos se amarran la suela con alambre, con tal de no andar descalzos. La crisis aprieta, pero todavía no ahorca.

La mamá mira a su hijo, compungida y lastimera. Esculca su monedero para ver si acabala para un par que al chamaco le gustó, pero nomás no alcanza, y estalla:

—Su papá de ustedes se mata todo el día para traer el gasto, que apenas alcanza para la comida y los pellejos del gato. Dejen de atosigarlo, porque un día de estos se cansa y no lo volvemos a ver. Mal que bien, ahí la vamos pasando. Ya falta poco para diciembre y verán que con el aguinaldo hasta una chamarra les compra.

—Así nos dices cada que se acerca el fin de año y nada de nada. Mis zapatos andan siempre con la trompa abierta y a cada rato me cabulean: ya dales de comer, aunque sea pégalos con cinco mil y verás que hasta las niñas te dejan jugar con ellas a la hora del recreo, pero así da pena juntarse contigo, Gori…


  • Emiliano Pérez Cruz

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