Levantas la duela y te llevas todo

Ciudad de México /
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Aquí viene el hombre que siempre viste de negro, hijo de don Romo: bien peinada su lacia cabellera de casi 80 años de edad, zapatos muy boleados y  anillos en varios dedos de la mano derecha. En la fonda lo tratan como un cliente distinguido, porque deja propina en un sitio donde no es costumbre.

— ¿Ya a comer, Tom? Provecho. Nos vemos al rato, ahorita voy al aeropuerto. Saludos a tus carnales.

—Gracias —dijo Tom y los recuerdos le llegan

en tropel:

El Greñas, como lo conocían los niños, era hijo de don Romo y doña Pina, doña que se hizo novia del Yomi-yomi, el del taller de reparación de bicis.

Don Romo trabajó ahí hasta que un día el montón de biciclos sin compostura se vino abajo; se detuvo sobre su maltrecha humanidad y dejó secuelas: dificultad para hablar, para caminar: tres pasos suyos cabían en uno de cualquier vecino.

El Wicho era su guía para acompañarlo a ocho cuadras de su domicilio, para recibir masaje y rayos infrarrojos que en algo aliviaban sus dolencias. Parte de la montaña de paquetes del vagón-correo se desplomó sobre él y le ocasionó daños que lo obligaron a caminar arrastrando los pies y a verse con la temblorina que lo acompañó hasta el fin de sus días.

Cuando don Romo advertía que nadie estaba en casa, le pedía a Tom levantar una duela del deteriorado piso: ahí guardaba su dinero de pensionado para que ninguno de los cinco hijos o la hija se sirvieran del billete ajeno.

Fue ferrocarrilero y laboraba en el vagón-correo; un día, la montaña de paquetes le cayó encima y no se recuperó. El masaje y los infrarrojos mitigaban el dolor. Lo pensionaron y logró que cada ocho días recibiera el masaje y los infrarrojos contra las dolencias. Sin embargo, el dolor y la edad hicieron lo suyo y falleció no sin antes decir: “Tom, levantas la duela y te llevas todo lo que encuentres o se lo lleva el Greñas. De algo te servirá para la escuela. Y si algo sobra, le das a quien lo necesite”.

Regresaron del panteón y Tom vio que todas las duelas habían sido removidas y mal puestas en su sitio de nueva cuenta. Suspiró con alivio: “Bueno fue que le hice caso al viejito, porque sino estos nos dan baje con los ahorros del don”. 


  • Emiliano Pérez Cruz

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