Almas quebradas

Ciudad de México /
Luis M. Morales

M+.- Ante la acumulación de tragedias que desangran a México desde hace 20 años, el público saturado de noticias atroces ya ni siquiera les presta atención.  Los habitantes de plazas compradas por el hampa no se quieren enterar de lo que sucede a su alrededor, y si oyen balazos, agachan la cabeza, como recomendó hace poco el tragicómico alcalde de Cuernavaca José Luis Urióstegui. Una prolongada psicosis de inseguridad tarde o temprano desemboca en la indiferencia ciudadana, y en esto reside quizá la mayor victoria de los matones. La película alemana La zona de interés ejemplifica lo que sucede en una sociedad anestesiada por el triunfo de la barbarie, en este caso, la del nazismo. No hay en la cinta una sola escena violenta: sólo vemos la rutina hogareña de una familia modelo que vive junto a un campo de exterminio, en una casa con piscina donde los niños nadan alegremente mientras las chimeneas de los hornos crematorios exhalan fumarolas. Escenas similares ocurrieron en el municipio jalisciense de la Estanzuela, según el excelente reportaje de Sandra Romandía Los testigos del horror: la verdad que se quiso ocultar en el rancho Izaguirre. 

No sólo era monstruoso lo que sucedía en el rancho (esclavitud, antropofagia forzada, ejecuciones cotidianas de reclutas, asesinato de niños para extraerles órganos, trituración y quema de cadáveres, etcétera), sino lo que pasaba en los balnearios de los alrededores, donde la gente celebraba fiestas, cumpleaños, bodas, mientras veía a corta distancia el humo de la barbacoa humana.  Muchos vecinos sabían lo que pasaba en el rancho, pero durante más de una década se hicieron de la vista gorda. Recurrir a la autoridad coludida con el hampa significaba un suicidio, declaran algunos testigos, pero ¿quedarse callados no lo era también? El fatalismo rulfiano sigue vigente, no sólo en su tierra, sino en todo México. Para contar bien a los desaparecidos, las estadísticas deberían incluir bajo ese rubro a millones de seres vivos, pero inertes, que se han resignado a vivir como almas en pena.

El jurista José Ramón Cossío señaló hace un año, cuando las madres buscadoras descubrieron el rancho, que el reclutamiento forzado de las organizaciones criminales resucita una lacra política del siglo XIX: la leva. Los caudillos militares de aquel tiempo lazaban como reses a los jornaleros para usarlos como carne de cañón en sus cuartelazos. Ahora los capos de Jalisco enganchan a los jóvenes con atractivas ofertas de empleo para suplir a los sicarios caídos, pero entonces como ahora, el recluta mata o muere contra su voluntad. Es un alivio saber que la propaganda musical del narco ya no infunde o quizá nunca infundió en los chavos un ansia de emulación. Miles de jóvenes han tenido que aceptar ese destino para salvar su vida o la de sus familias. Pero esa buena noticia viene acompañada de otra nefasta: la nueva leva es inmensamente más cruel que la vieja. 

De entrada, a los reclutas del rancho Izaguirre se les prohibía bajo pena de muerte mirar el cielo. Era el primer paso para rebajarlos a la categoría de reptiles. Un antiguo mando de la Policía Federal entrevistado por Romandía explica el objetivo de la tortura: “¿Cómo crear al sicario perfecto que corta a la gente en pedazos y come carne humana? ¿Cómo hacer de un niño esa máquina de matar? Destruyendo su humanidad. Para obligarlo a cometer los actos más aberrantes tienen que llenarlo de amargura”. Ese quiebre del alma, como lo llama Romandía, insensibiliza por completo al sicario en ciernes, al grado de convertirlo en autómata. El asesino adolescente de Carlos Manzo, ejecutado después de cometer el crimen, quizá egresó de una “escuelita” como esta. La patología del esclavo asesino imprime un sesgo particularmente ruin a los dictados de sus patrones.

El examen profesional de los reclutas es una ceremonia llamada “fumarse al muerto”, que según Romandía consiste en aspirar el último aliento de un moribundo previamente sometido a tortura. En Hijo de la guerra, Ricardo Raphael da otra versión de este rito iniciático: los zetas primero incineraban al muerto y luego se fumaban sus cenizas, mezclándolas con tabaco, marihuana y coca. Por lo visto, cada tribu de psicópatas se fuma a sus víctimas de distinta manera, pero las bocanadas de sufrimiento ajeno tienen el mismo efecto envilecedor. Todas las advertencias que oí en mi juventud sobre los riesgos de despertar al México bronco se quedaron cortas ante la magnitud, la duración y los tintes macabros de esta pesadilla. Entre las almas quebradas por su descenso al infierno y las desmoronadas por el miedo, nuestro país exige a gritos un movimiento de resistencia civil ajeno a la rebatiña ideológica. Sólo así podremos acabar con los pactos de impunidad que ayer combatió desde la oposición y hoy defiende con uñas y dientes la presidenta Sheinbaum.


  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
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