Una rara joya del cine mexicano llegó hace poco a la plataforma HBO Max: En el camino, el tercer largometraje de David Pablos, una inmersión hipnótica en el mundo de los traileros, transfigurado aquí en un sórdido coto de ligue homosexual. Ya cosechó dos premios en el festival de Venecia y está nominada a 13 Arieles, pero sería lamentable que sólo la vieran los cinéfilos cultos, pues todos estamos inmersos en la atmósfera existencial que recrea: la de un país secuestrado por la criminalidad impune, donde el transporte de mercancías se ha convertido en una angustiosa odisea y sin embargo, el amor puede brotar en las condiciones más adversas. A contrapelo de la tónica predominante en el cine verista de nuestros días, En el camino rehúye los esquemas ideológicos: ninguna idea preconcebida se antepone a la observación del carácter. En esto radica su fuerza expresiva: no es frecuente hallar en el cine mexicano de los últimos tiempos un compromiso tan intenso con la verdad profunda de los personajes.
Veneno es un joven homosexual narcomenudista que se acuesta por placer con los camioneros de su agrado y a ratos ejerce la prostitución. En un paradero conoce al Muñeco, un chofer adicto a la coca y el cristal, casado y padre de dos hijos, a quien regala una probadita de sus polvos mágicos y más tarde seduce en la cabina del tráiler. Parecen haber congeniado, pero Veneno le juega chueco a su amigo, pues guarda un secreto muy comprometedor: robó la droga a un capo que lo colmaba de lujos a cambio de favores sexuales. Su calidad de prófugo imprime a la película una tensión dramática ascendente cuando el capo despechado, un torvo psicópata con un harem de chichifos, empieza a cazarlo por las carreteras del norte, de modo que el Muñeco lleva en su tráiler una bomba de tiempo.
Víctor Prieto, el joven debutante que interpreta a Veneno, y Osvaldo Sánchez en el papel del Muñeco logran actuaciones muy convincentes, que alcanzan un do de pecho cuando bailan de cachetito el vallenato “Los caminos de la vida”. El reconocimiento de su mutuo desamparo emocional me recordó el verso de Efraín Huerta “amor es la piedad que nos tenemos”. La estupenda fotografía de Ximena Amann contribuye en gran medida a extraer belleza de la omnipresente fealdad. Las fogatas nocturnas en los paraderos de las autopistas, la danza de los cuerpos en el interior de las cabinas y el contraste de las tinieblas con la cegadora luminosidad del desierto crean una atmósfera de aventura fantasmagórica en el umbral del infierno.
Si bien el título evoca la famosa novela beatnik de Jack Kerouac, en la película de Julián Pablos el viaje no es una experiencia liberadora: más bien parece una pesadilla circular en la que nunca se llega a ningún destino. Sólo tenemos vagas noticias del lugar a donde se dirigen los protagonistas, tal vez porque ninguno ha encontrado su lugar en el mundo. Condenados a una errancia perpetua, no saben a dónde van ni de dónde vienen, como si la búsqueda de una realidad paralela eclipsara poco a poco el sustrato realista de la película, que pasa muy sutilmente del naturalismo al viacrucis alucinógeno. Ningún espectador exigente lamentará ese viraje, pues gracias al cambio de perspectiva, el vuelo imaginativo se remonta a mayor altura.
El guion de Julián Pablos no se regodea en la miseria humana por un afán tremendista de sacar ámpula: más bien redime y ennoblece a la crápula, como en las novelas de José Revueltas. Pero se trata, claro, de una redención a contrapelo de la moral burguesa, que rescata del oprobio a los hombres del subsuelo sin edulcorar sus pasiones. Ambos se traicionan bajo la presión de la maña, pero en términos de justicia poética, su entrega amorosa los absuelve de la ignominia. El inframundo en el que viven parece corromperlo todo, pero el afecto ennoblece su atmósfera existencial como las flores silvestres que brotan en la carpeta de asfalto. Entre lo sublime y lo canallesco parece mediar un abismo, pero toda historia de amor crea un reducto de pureza, incluso dentro de un albañal. El colofón romántico de la película parece apuntar en esa dirección, que desvía el thriller a los terrenos del melodrama.
Por lo común, el público heterosexual suele dar la espalda al cine y la literatura gay. Prejuicios muy arraigados favorecen esa incomunicación lamentable, que el avance de la contracultura no ha logrado superar del todo. Hace muchos años, Manuel Puig intentó alertar contra ese riesgo a los artistas de la comunidad LGBTQ+ en el breve ensayo “El error gay”, donde advertía que la identidad no puede ser definida a partir de características sexuales. En el camino tiene méritos de sobra para cosechar aplausos fuera de Sodoma, pues más que los conflictos de una minoría perseguida, explora el sentimiento trágico de la vida nómada en el México inhóspito del siglo XXI.