El mundo entero se quedó estupefacto cuando el voluble emperador Trump, aparente aliado de los demócratas venezolanos, declaró tras la captura de Maduro que la líder opositora María Corina Machado, recién galardonada con el premio Nobel de la Paz por su heroica lucha contra la dictadura más abyecta y sanguinaria del continente, “no cuenta con el respeto ni el apoyo necesarios para gobernar Venezuela”. En rigor, no es ella, sino Edmundo González, ganador de las pasadas elecciones, quien debería ocupar la Presidencia, pues el régimen chavista impidió a María Corina postularse como candidata. La artimaña legaloide no surtió efecto, pues ella hizo campaña junto con Edmundo, y gracias a su gran arrastre popular, la oposición venezolana aplastó en las urnas a la tiranía, obteniendo el 69 por ciento de los sufragios, como consta en las actas que la oposición divulgó (Maduro jamás mostró las que supuestamente le dieron el triunfo). Quienes avalaron ese cínico fraude electoral se colocaron desde entonces a la derecha del espectro político, aunque se precien de lo contrario y hablen en nombre del pueblo. Sin demeritar a González, María Corina ha sido el alma de la oposición venezolana en los últimos años, algo que Trump sabe perfectamente, pero como él también aspiraba al Nobel de la Paz, ahora cobra una mezquina venganza, descalificando a una luchadora tenaz y aguerrida que sólo ha tenido gentilezas con él.
María Corina intentó consolar a Trump dedicándole su premio, un error político grave que la demeritó ante la opinión pública. Y lo peor es que sólo consiguió arrojarle sal en la herida, pues el narcisista más poderoso del mundo no se dio por satisfecho con su deferencia. Según The Washington Post, basado en fuentes confiables de la Casa Blanca, “si ella hubiera rechazado el galardón diciendo: ‘No puedo aceptarlo porque es de Donald Trump, hoy sería la presidenta de Venezuela”. Por lo pronto, el comité noruego que otorga el Nobel de la Paz ya reprendió a María Corina, advirtiéndole que una vez concedido, el premio no puede revocarse, compartirse ni transferirse a otros. Ojalá acate esa regla en la entrevista con Trump que tenía programada para el jueves en la Casa Blanca (mientras escribo estas líneas) y no vuelva a mencionar el asunto. A estas alturas, nada puede remediar lo que Trump considera un agravio personal y por ese camino sólo dilapidaría su prestigio.
La egolatría insatisfecha de un patán endiosado es un tumor maligno que sólo puede curar la aclamación universal. Trump considera una injusticia atroz que el jurado supremo del mérito cívico se niegue a premiar su cacareado pacifismo, y ninguno de los aduladores que le queman incienso todo el santo día se atreve a explicarle que después de amenazar a Groenlandia con una invasión, criminalizar a los inmigrantes, humillar en su oficina al presidente de Ucrania y arrojar misiles en varios continentes, quedó inhabilitado para ganar el Nobel de la Paz. Tras el desaire se ha vuelto más pendenciero, como los amantes que muestran la faceta más torva de su carácter cuando los rechaza la mujer amada. La rabieta de Trump confirma que las relaciones humanas “son una lucha a muerte por el reconocimiento del uno por el otro”, como advirtió Hegel en su famosa disertación sobre la dialéctica del amo y el esclavo. Nada le sacará esa ponzoña del corazón, recrudecida cada vez que el comité noruego lo ignora.
A María Corina, en cambio, el Nobel de la Paz la satisface mucho menos que la liberación de su país, todavía en manos de la camarilla que lo ha sojuzgado y llevado a la ruina desde hace un cuarto de siglo. Sería injusto condenarla por aceptar y aplaudir la intervención de Trump para descabezar a un régimen que previamente había conculcado la autodeterminación del pueblo venezolano. Cuando el ejército yanqui derrotó a los fascistas italianos en la Segunda Guerra Mundial, nadie le reprochó esa tarea de salvamento, salvo los nazis y los japoneses. Retoños de Mussolini en Latinoamérica, Hugo Chávez, Maduro y Diosdado Cabello se esmeraron por imitarlo, no sólo en su retórica estridente y su mímica fanfarrona, sino en el exterminio sistemático de opositores. El comité del Nobel dio una muestra de imparcialidad ideológica al premiar la hazaña cívica de María Corina y las reacciones ante su premio fueron un buen termómetro para calibrar la vocación autoritaria de los supuestos demócratas que se negaron a felicitarla. Si ahora Trump hace un contubernio perdurable con el régimen chavista a cambio de concesiones petroleras, como todo parece indicar, el retorno de la democracia en Venezuela se postergará indefinidamente, aunque Maduro se pudra de por vida en la cárcel. Ocho millones de exiliados venezolanos ruegan a Dios que el derrame biliar del señor naranja no tenga ese fatal desenlace.