Luis Miguel Morales C.
La novela de espionaje sería en apariencia el tipo de relato menos apropiado para contar la vida de una poeta, pero cuando una dictadura busca exterminar el potencial subversivo de la poesía, como sucedió en la Unión Soviética bajo el yugo de Stalin, el asedio policiaco a los poetas justifica esa insólita confluencia de géneros. Así está construida la nueva novela de Alberto Ruy Sánchez Expediente Anna Ajmátova (Alfaguara, 2021), que reconstruye la intimidad y al laboratorio creativo de la gran poeta rusa con los penetrantes ojos de la espía georgiana Vera Tamara Beridze, comisionada por Stalin para vigilar todos sus movimientos. El expediente que Vera reúne en los archivos de la GPU (antiguo nombre de la KGB) narra un alucinante juego de vencidas entre el genio literario y el despotismo, entre la voluntad de crear y la voluntad de poder. Admirador de Ajmátova en su juventud, cuando era un aprendiz de poeta, el tirano la conoció en una velada literaria en San Petersburgo y estaba tan obsesionado con ella que la sometió a un acoso policiaco durante varias décadas. Aunque Ajmátova no pudo publicar un sólo libro en Rusia de 1922 a 1965, Stalin no logró amordazarla del todo, pues ella se las ingenió para escribir en la clandestinidad y publicar en el extranjero, jugándose la vida con tal de exponer las atrocidades del régimen. “Alguien podrá sin duda cerrar mis labios, pero a través de ellos gritan millones de seres”, declaró en su famoso Réquiem, una elegía que a juicio de Joseph Brodsky “despliega toda la sutileza emocional y la complejidad psicológica de la prosa rusa del siglo XIX y toda la dignidad de la poesía del mismo siglo”.
En 1921, Stalin convenció a Lenin de ordenar el fusilamiento del primer marido de Ajmátova, el poeta Nikolai Gumilyov, y cuando ya era el zar de la URSS encarceló 18 años a su primogénito, sin haber cometido delito alguno. ¿Por qué se limitó a imponerle una vida de sufrimientos en vez de aniquilarla? Escudado tras la personalidad de Vera Tamara Beridze, Ruy Sánchez sugiere que el dictador buscaba dominar la voz de los talentos que podían hacerle daño, hasta alcanzar “una intromisión en el corazón de creador, un injerto en su médula” y cita una entrevista, quizá imaginaria, en la que Stalin traza los lineamientos de su política cultural: “Hay que comenzar por liquidar al enemigo sin que se dé cuenta y es más divertido no matar su voz, sino aplastarla con linchamientos, castraciones, intimidaciones legales y físicas”. Mediante esos métodos logró que algunos poetas importantes publicaran odas en su honor, pero jamás consiguió injertarse en el alma de Ajmátova, que le opuso una tenaz resistencia a pesar de tener una cámara de vigilancia empotrada en el techo de su sala y una estatua del tirano delante de su ventana (Stalin la mandó erigir exprofeso en ese jardín, para castigarla por haber escrito un poema sobre el árbol que veía reverdecer todas las primaveras).
Pero la sórdida pugna de Stalin con Ajmátova es apenas una parte de esta novela que retrata una personalidad fascinante, capaz de presentir desgracias y componer en sueños algunos de sus mejores poemas. Sonámbula desde niña, Ajmátova dejaba estupefactos a los melómanos cuando asistía dormida a las salas de conciertos. Era una especie de bruja que profetizó su destino trágico a temprana edad, cuando nadie imaginaba el ascenso al poder de los bolcheviques. Amante de Amadeo Modigliani, que la dibujó desnuda en muchos bocetos, y musa de varios poetas rusos, su sinuosa nariz de estilo tártaro tal vez pueda parecerle fea a la gente con gustos convencionales, pero ejercía una atracción magnética sobre los hombres y mujeres que la cortejaban. “Seduce a los hombres mirándolos directamente a la boca”, cuenta la compiladora del expediente, “como quien coloca un anzuelo y está a punto de tirar de él atrapando irremediablemente a su víctima”.
En el mundillo cultural ruso de principios del siglo XX, la joven Ajmátova causó un enorme revuelo desde que leyó sus primeros poemas en el salón del poeta simbolista Viacheslav Ivanov, y como nunca empleaba en sus versos palabras culteranas o metáforas oscuras, no sólo cautivó a los cenáculos intelectuales sino al gran público, en especial a las muchachas enamoradizas que la leían con una mezcla de miedo y excitación. Enamorado de su protagonista, Ruy Sánchez logra contagiar esa emoción al lector y en esto reside quizá su mayor acierto. Quien tenga un conocimiento previo de la obra de Ajmátova (circulan varias traducciones al español de su poesía, entre ellas la de Jesús García Gabaldón publicada por Cátedra) disfrutará la novela por partida doble, pero la estrategia de seducción empleada por el autor contiene anzuelos de sobra para enganchar a los no iniciados en ese culto.
Enrique Serna