Javier Labrada: un minuto de aplausos

Ciudad de México /
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Luis M. Morales

El martes pasado falleció a los 80 años el productor de teatro y televisión Javier Labrada, uno de mis mejores amigos, a quien siempre admiré por su fabulosa vena humorística. Dueño de una personalidad arrolladora, condimentada con una cultura cinematográfica enciclopédica, el mundo fue para él un escenario del que nunca se quiso bajar, como si llevara incrustado en el alma el espíritu de la comedia. Muchas veces me pregunté, azorado, cómo sería la intimidad de ese actor sempiterno, pues me parecía inverosímil que todo el tiempo fuera una castañuela. Gay de alta definición, cómo él mismo se llamaba, tenía el don de cautivar a cualquier auditorio con un carisma inoxidable. Nadie le disputaba el papel protagónico en las charlas de sobremesa. Su aversión a la seriedad, un campo minado que sólo pisaba frente al espejo, lindaba con la locura del Quijote o Madame Bovary. Fiel al personaje que había construido, creaba a su alrededor un ambiente carnavalesco, reservándose el melodrama para la soledad de su camerino. Nunca fue, sin embargo, un frívolo superficial o vacuo: entre burlas y veras se las ingeniaba para calar hondo. 

Nacido en Navojoa, desde muy joven se dio cuenta de que la provincia la imponía una camisa de fuerza incompatible con su carácter. En 1969, cuando era un chavo jipiteca, viajó por Greyhound desde Tucson hasta el festival de Woodstock, una experiencia que lo introdujo en el corazón de la contracultura. En los años 70 se mudó a la ciudad México, donde tuvo dos grandes maestros: Emilio García Riera, con quien trabajó en canal 13, cuando el gran historiador de nuestro cine presentaba ciclos de películas en aquella televisora, y el novelista Manuel Puig, que llegó a México a mediados de la misma década, huyendo de la dictadura militar argentina. Aquí escribió El beso de la mujer araña, cuyos primeros borradores Labrada leyó antes que nadie, junto con Agustín García Gil, otro joven admirador de Puig. Ambos le profesaban un amor filial, y como el escritor tenía un alter ego, la diva de Hollywood Rita Hayworth, Agustín y Javier se sumaron al juego, adoptando los papeles de Rebeca Welles y Jazmine Khan, las hijas que la diosa del celuloide procreó respectivamente con Orson Welles y el Aga Kahn de Persia. Vivieron esa fantasía al extremo de distanciarse cuando las hijas de Rita tuvieron un pleito en la vida real.  En el obituario que publicó el New York Times cuando Puig murió en Cuernavaca, Javier y Agustín aparecieron como hijos del novelista. 

En una entrevista recogida en el libro colectivo La literatura es una película: reflexiones sobre Manuel Puig, Labrada me contó la mala acogida que tuvo en México El beso de la mujer araña: “Manuel estaba desconcertado porque las revistas y los suplementos le hicieron el vacío, casi nadie reseñó la novela. Le extrañó sobre todo que no saliera ninguna nota en La cultura en México, el suplemento de la revista Siempre, dirigido entonces por Carlos Monsiváis, quien era su amigo, y me pidió que por favor hablara con él para sondearlo. Monsiváis me respondió que la novela no era tan buena como las anteriores de Puig y por amistad con él no quería publicar una reseña negativa. Respeto la opinión de Monsi, pero creo que en este caso se equivocó”. Más tarde, a mediados de los ochenta, Labrada produjo en el Polyforum la versión teatral de El beso de la mujer araña, dirigida por Arturo Ripstein, con Gonzalo Vega y Héctor Gómez en los papeles del guerrillero y el reo homosexual que le cuenta películas para distraerlo.

Departí con Labrada durante más de 40 años en comidas y borracheras. Nos presentó un amigo mutuo, el crítico de cine Luis Terán, mi primer jefe en la agencia de publicidad donde debuté como redactor a los 18 años. El y Javier fueron uña y carne toda la vida y durante mucho tiempo tuvieron a su cargo la programación de películas en Televisa. Director de ese departamento, Labrada asistía cada año a los festivales cinematográficos más importantes del mundo. Al regresar nos reseñaba sus andanzas, pasando revista a infinidad de películas. De las novedades pasaba a los clásicos de la época de oro de Hollywood. Tenía criterios de valoración un tanto veleidosos (defendía, por ejemplo, un churro de Audrey Hepburn por el hecho de que la actriz luciera unas gafas encantadoras). Ya en el siglo XXI produjo durante 15 años el programa Las netas divinas, en el que un elenco de actrices, cantantes y conductoras (Yolanda Andrade, Consuelo Duval, Gloria Calzada, entre las que recuerdo) charlaban con invitados a quienes ponían a veces contra las cuerdas con preguntas subidas de tueste. En el mundo de la farándula no se pide un minuto de silencio para homenajear a los muertos: el público los despide con un minuto de aplausos. Javier se merece oírlos al salir de escena.


  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
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