Según el Génesis, en el principio era el verbo. Yahvé no tuvo que mover un dedo para crear el universo: le bastó con nombrarlo. Su alarde de omnipotencia hizo escuela, pues algunos políticos y magnates obsesionados por dejar huella, aunque sea una huella de chapopote, intentan emular en pleno siglo XXI el milagro de la palabra creadora. Donald Trump quiere volver a nombrarlo todo para que nadie pueda olvidarlo. No le bastó con rebautizar el Kennedy Center endilgándole su apellido, también quiere cambiar el nombre de golfos, lagos, provincias y océanos para proclamar urbi et orbi la percudida grandeza de Estados Unidos, logrando más bien el efecto contrario: exhibir las cuarteaduras de un imperio decadente y autista que teme perder su hegemonía ante el avance arrollador de China. Su demencial reforma de la geografía planetaria es el pobre consuelo de un emperador sin brújula que ni siquiera puede salir airoso de la guerra en Irán. Reverdecer en los mapas las viejas glorias de América, el ideal supremo del movimiento MAGA, equivale a confesar su impotencia para encabezar ese magno renacimiento.
Tampoco tiene mucha imaginación para poner nombres, ni la necesita para complacer a la clientela de subnormales que le quema incienso. Pretende uniformar bajo el membrete de América el golfo de México, el lago Ontario, la provincia de Nuevo México y el Océano Atlántico o el Pacífico (todavía no decide cuál). El resto del mundo se ríe de su capricho senil, pero si logra imponerlo en los documentos oficiales de su gobierno cometerá una sandez por partida doble, pues América no es el nombre de Estados Unidos, como él cree, sino el de todo un continente que va desde Alaska hasta la Patagonia. Su embestida nacionalista sería, pues, un homenaje involuntario a los pueblos de América Latina, con los que no quiere compartir blasones. ¿Nadie le hará notar ese desatino? ¿Tanto miedo le tiene su camarilla de lambiscones?
En México, Trump tiene seguidores entusiastas, que lo imitan en pequeña escala, causando estragos en la toponimia y en la nomenclatura urbana. El banco Banorte, que remodeló el Estadio Azteca en los meses previos al Mundial, quiere imponerle ahora su nombre con el apoyo de Televisa. No es la primera vez que la televisora intenta rebautizar el coloso de Santa Úrsula: en 1997, el Tigre Azcárraga le quiso poner el nombre de un directivo recién fallecido, Guillermo Cañedo, a quien deseaba rendir homenaje. No encontró eco en la afición y tuvo que dar marcha atrás. Los cronistas deportivos que ahora se empeñan en llamar Banorte al Azteca, pisoteando una tradición de 60 años, no parecen advertir que el nombre de un estadio con tanta prosapia futbolera es un lazo de unión entre generaciones. Si el cambio de nombre surte efecto (los hablantes podemos impedirlo aún), el afán de lucro nos impondrá una ley draconiana. Distorsionar así la memoria colectiva nos empobrece a todos.
Claudia Sheinbaum sigue de cerca los pasos de Trump en su afán por restaurar el divino verbo. Hace poco rebautizó el Paso de Cortés con un nombre demasiado largo para tener aceptación popular: Paso de los Pueblos Indígenas. Años atrás, López Obrador propuso llamar Mar de California al Mar de Cortés, pero al menos tuvo la sensatez de no llevar su ocurrencia a la práctica. La de Sheinbaum va más en serio, pues ya ordenó reformar la cartografía oficial. Cree que así contribuye a minimizar la herencia española en México, pero si de veras logra borrar sus huellas, sólo conseguirá fomentar la ignorancia de nuestra historia, bastante grave ya, según los últimos resultados de la prueba Pisa. ¿Abolirá también la lengua española y el culto guadalupano? Adueñarse de la identidad nacional es una misión imposible, pues la historia es una mula que da coces inesperadas. Tarde o temprano pondrá en su lugar a quienes han querido utilizarla como instrumento de propaganda.
La moda de cambiar nombres para inflar el ego de los políticos ha llegado al extremo de vilipendiar a las glorias nacionales de las letras. Me refiero, por supuesto, a los intentos de rebautizar la Casa del Poeta López Velarde y el aeropuerto Amado Nervo de Tepic. Por fortuna, la enérgica protesta de la república literaria frenó a los funcionarios que buscaban ultrajar a nuestros clásicos. Sin embargo, sus intenciones delataron de qué pie cojea la burocracia cultural de la 4T. Hasta los funcionarios menores del régimen creen que su ascenso al poder inaugura una era grandiosa, donde los prestigios de antaño ya no tienen cabida. La zafiedad mezclada con el engreimiento puede ser un arma mortífera. Si el altar mayor del Parnaso no les inspira respeto son capaces de cualquier atropello. Como dijo Rubén Darío, el maestro de López Velarde y Nervo: “El bestial elemento se solaza en el odio a la sacra poesía”.