El sueño y la creación artística son espacios de libertad en los que todo se vale, incluso el asesinato, pero en su afán por abolir las fronteras entre la realidad y el deseo, los surrealistas no se conformaron con idealizar los caprichos homicidas del inconsciente: proponían llevar a la práctica los sueños más crueles, aunque el soñador dejara en la calle un reguero de muertos. Según André Breton, el padre del movimiento, “el acto surrealista más simple consiste en salir a la calle revólver en mano y disparar al azar a la multitud tanto como sea posible. Quien no haya tenido ganas, al menos una vez, de acabar así con el sistema de envilecimiento colectivo, se ha ganado un lugar entre la carne de cañón”. Luis Buñuel llevó a la pantalla ese arrebato justiciero en El fantasma de la libertad, una de sus películas más fieles al credo surrealista, donde el cliente de una zapatería sube a la azotea de un edificio armado con un rifle y dispara indiscriminadamente a los peatones.
Tanto Breton como Buñuel se sublevaron en el terreno del arte, donde ninguna bala podía alcanzarlos, contra el yugo invisible que reprimía los impulsos primitivos del alma, la única fuerza capaz de reconciliar al hombre consigo mismo y revertir los efectos castradores de la civilización. “Basta de hipocresías”, parecen decirnos con esas provocaciones, “dejemos en libertad a la bestia que todos llevamos dentro”. Pero los surrealistas no fueron ideólogos del terrorismo: más bien llevaron el refinamiento del mundo civilizado al extremo de coquetear con su destrucción. Breton no hubiera vivido a gusto bajo ley de la selva: su nostalgia de la violencia cavernaria reflejaba, más bien, un anhelo de sublimarla y al mismo tiempo, de espantar al burgués. La historia del siglo XX puso en evidencia el carácter infantil de su bravata: cuando los nazis invadieron Francia huyó a Nueva York, en vez de quedarse a ver cómo ponían en práctica su doctrina.
Es justo, sin embargo, reconocerle un mérito: vislumbró la pulsión suicida de una civilización que a mediados del siglo XX pudo haber desaparecido y hoy vuelve a tener la soga en el cuello por el ascenso del fascismo en el mundo entero. México no está a salvo de ese virus, pues cada territorio bajo control del crimen organizado es un enclave del fascismo, aunque los capos del narcotráfico y sus cómplices políticos, policiacos o militares ignoren cómo se llama el sistema de gobierno aplicado en sus feudos. Tampoco han oído mentar a Breton y sin embargo siguen sus mandamientos al pie de la letra. La carrera criminal del Nini, un joven sicario del cártel de Sinaloa que actualmente purga condena en Estados Unidos, ejemplifica hasta dónde llega el desdén por la vida ajena de la clase gobernante que hoy sojuzga la tercera parte de la República. Según Anabel Hernández, “lo que hizo este sangriento personaje para ganarse el interés del Mini lic y de los Chapitos fue comenzar a asesinar, así por diversión, a la pobre gente de Culiacán en las madrugadas: trabajadores, albañiles, hasta deportistas asesinó este infame para demostrar su sangre fría ante los Chapitos” (El Universal, 23-XI-2023).
El cártel de Jalisco no se queda atrás en materia de estrellas juveniles. Abel Barajas ha informado que el probable sucesor del Mencho, Hugo Gonzalo Mendoza Gaytán, alias el Sagrado hombre, dirigía o dirige aún los campos de exterminio en donde cientos de muchachos han sido ejecutados por no dar el ancho en las luchas de gladiadores. Según el testimonio de un sobreviviente de esas “escuelitas”, como las llaman irónicamente los esbirros de Mendoza, la principal razón para matarlos era que habían visto el rostro del Sagrado hombre y podrían identificarlo si los dejaba en libertad (véase el reportaje “Elimina el CNJG el 80% de los reclutas”, Reforma, 8-III-2026). Ni el surrealista más delirante hubiera podido imaginar algo así. En pleno siglo XXI está vigente la antigua prohibición de ver al tlatoani cara a cara, cuyo incumplimiento podía costarle la vida a sus criados, que lo servían con la cabeza gacha. Hemos dado una larga vuelta en círculo para caer en el mismo lugar 500 años después. Mientras personajes de esta calaña tengan en la nómina a las fuerzas del orden, ¿alguien puede negar que en México se cometen a diario crímenes de lesa humanidad?
En los países donde todo está reglamentado y el respeto a la ley pone freno a cualquier extravagancia violenta, muchos espíritus rebeldes asfixiados por el orden añoran la anarquía del subdesarrollo. Les aburre que nada excitante suceda, que ninguna catástrofe perturbe el perfecto mecanismo de relojería social donde bostezan los hombres sedientos de aventuras. Aquí añoramos, en cambio, la estricta observancia de la ley que incitó a los surrealistas a presagiar nuestro caos.