Nostalgia de la nieve

Ciudad de México /
Luis M. Morales


Agobiado por el calorón de Cuernavaca, que este año alcanzó los 39 grados, ayer vi en mi casa un estupendo western de Quentin Tarantino: Los ocho más odiados, en el que una tormenta de nieve obliga a un grupo de rufianes enemistados por viejas rencillas a refugiarse en la misma cabaña, donde sus retorcidas personalidades afloran en una atmósfera claustrofóbica. El humor negro y el virtuoso manejo de la tensión dramática me cautivaron desde el principio, pero disfruté más aún la sensación de que el frío y los copos de nieve se filtraban a mi baño sauna. Transportado a las blancas llanuras de Wyoming, el bochorno de aquella noche no me hizo mella para dormir, tal vez porque los helados paisajes de la película refrescaron mis sueños.

La industria hotelera intenta capitalizar la nostalgia de tierras y climas remotos, pero en los paraísos tropicales, los sistemas de aire acondicionado, madrigueras de temibles neumococos, distorsionan a tal punto la experiencia del turista yanqui o europeo que algunos vuelven a casa con la sensación de que nunca la abandonaron, si acaso no los mata una pulmonía. Los poetas han entendido, en cambio, que la atracción por las antípodas se exacerba cuando el soñador no puede abandonar su lugar en la biósfera y de ese impedimento brota una magia más intensa y pura que el gozo de realizar el viaje anhelado.

Manuel Gutiérrez Nájera, un pionero del modernismo injustamente olvidado por los modistos de las letras, murió antes de llegar a la madurez, pero dejó varias crónicas memorables y un ramillete de poemas extraordinarios. La mejor puerta de entrada a su obra es la antología que lleva su nombre, publicada por Cal y Arena, con un estupendo prólogo de Rafael Pérez Gay. Ahí me encontré, interpolado en una crónica de viaje, un melancólico epigrama sobre dos árboles inconformes con su destino: “Un pino se alza en la cumbre/ de un monte del norte helado./ Sueña: La nieve y el hielo/ lo envuelven con su sudario/. Sueña con una palmera/ que en el oriente lejano/ se alza solitaria y triste/ sobre un peñón abrasado”. Gutiérrez Nájera no lo dice, pero uno puede suponer que la calcinada palmera envidia también el gélido sudario del pino, deplorando su injusta fatalidad geográfica. El gran poeta venezolano Eugenio Montejo, a quien tuve la suerte de conocer en un encuentro literario en Costa Rica, llevó el mismo tópico a mayores alturas. En algunos de sus mejores poemas (“Islandia”, “Tal vez”, “Hombres sin nieve”) la nostalgia de los inviernos boreales entrevistos o soñados desde el ecuador eleva el paisaje nórdico al rango de paraíso perdido: “¿Habrá algo más fatal que este deseo/ de irme a Islandia y recitar sus sagas,/ de recorrer sus nieblas?/ Es este sol de mi país/ que tanto quema/ el que me hace soñar con sus inviernos./ Esta contradicción ecuatorial/ de buscar una nieve/ que preserve en el fondo su calor,/ que no borre las hojas de los cedros”. 

Si en la obra de Montejo, la fusión del pasado y el futuro tienden a crear un presente perpetuo, en los poemas donde confluyen los puntos cardinales, el paisaje ausente, idealizado en la imaginación, ocupa el primer plano de una cartografía sentimental donde la nieve hiere con sus desvíos al tropical amante que la invoca: “Tal vez sea todo culpa de la nieve/ que prefiere otras tierras más polares, / lejos de estos trópicos (…). Culpa de la nieve, de su falta,/ la falta que nos hace/ cuando oculta sus copos y no cae/. Tal vez sea culpa de su olvido,/ de nunca verla en estas calles/ ni en los ojos, los gestos, las palabras./ Tantas cosas dependen noche y día/ de su silencio táctil/. Nuestro viejo ateísmo caluroso/ y su divagación impráctica/ quizá provengan de su ausencia,/ de que no caiga y sin embargo se acumule/ en apiladas capas de vacío” (véase Geometría de las horas, una lección antológica, Universidad Veracruzana, selección, prólogo y notas de Adolfo Castañón). 

El trasfondo o el subtexto de estos cruces de miradas entre el norte y el sur, entre el vientre cálido del planeta y su cabeza entrecana, es la sed insatisfecha de vivir otras vidas que la literatura siempre ha intentado saciar. Gutiérrez Nájera se la atribuye a un pino, Montejo la convierte casi en un conflicto existencial, como si la ausencia del paisaje añorado fuera una especie de orfandad incurable. Se insinúa en sus poemas la idea de que un islandés difícilmente puede amar a su tierra como el venezolano que la contempla desde lejos con una mezcla de fascinación y despecho. Nuestros anhelos frustrados nos definen mejor que los cumplidos, y a veces pueden integrarse a nuestra personalidad, como el miembro amputado de un cojo o un manco. El globo terráqueo sería entonces una esfera cuyos extremos poseen una atracción magnética: la misma que hay entre dos enamorados distantes.

* Autor de Lealtad al fantasma


  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
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