Petición de mano

Ciudad de México /

Luis M. Morales


Desde que los poetas malditos surgieron en Francia a mediados del siglo XIX, su ejemplo cundió en todo el mundo y pese a las mudanzas del gusto, renacen cíclicamente en todas las repúblicas literarias, sobre todo en América Latina, donde los modernistas no sólo imitaron su imaginería parnasiana y simbolista, sino la afición a los paraísos artificiales y el odio a un orden social enemistado con la poesía. Aquellos ángeles réprobos tocados por el fuego sagrado del genio han sufrido varias metamorfosis (surrealistas, beatniks, infrarrealistas) y en la actualidad quizá compongan rap en vez de escribir poesía. Por supuesto, la genialidad ya no abunda en sus filas, pero la subversión individualista que encabezaron sigue atrayendo a los inadaptados con talento, la única subespecie literaria capaz de sacudir el marasmo de las bellas letras.

Quienes profesamos en la juventud temprana el credo de los poetas malditos, pero luego lo abandonamos por instinto de supervivencia, sabemos que su primer mandamiento es el odio a la moral burguesa y el segundo, el desprecio al ideal epicúreo de una longevidad sana, que los dipsómanos y los adictos a drogas duras suelen confundir con el apego burgués a la vida ordenada. Si un poeta maldito llega a viejo, en algún momento de cobardía tuvo que haber traicionado sus ideales de juventud. Pero el mayor pecado que puede cometer es casarse y sentar cabeza, sucumbir a la miserable domesticación del amor.

El gran poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas, una especie de Baudelaire centroamericano, expresó esa fobia intolerante y fanfarrona en una singular diatriba contra el matrimonio: “Petición de mano”, un caramelo envenenado de su libro La insurrección solitaria, que me encontré por casualidad, poco antes de la pandemia, en una librería de viejo de la avenida Álvaro Obregón (el mejor antídoto contra las mesas de novedades llenas de basura). Dirigido a una hipotética amante, quizá prostituta, a quien el poeta quiere adoctrinar, “Petición de mano” sostiene sin rubor que el matrimonio es una institución satánica:

“Ten cuidado con los casados que se retiran temprano/. Témeles/. No les toquen ni te toquen./ Yo, les tiemblo. / Es contra nosotros que se han casado/. Es contra ti y contra mí, amor mío, /que ellos se retiran temprano a su trabajo:/los productores, los engendradores, los publicadores de libros/. Son el Demonio. El demonio más activo que Dios”. Como única defensa contra ese maligno rebaño, el solitario insurrecto propone: “aviva tu ocio, oponles tu presente de poderosa caducidad”.

A los 22 años, la edad que Martínez Rivas tenía cuando escribió ese poema, mi enfoque de la existencia era idéntico al suyo. Consideraba traidores a los amigos y parientes jóvenes que se retiraban temprano de las parrandas por haber contraído matrimonio. Aborrecía tanto esa claudicación que me largué asqueado del banquete de bodas de mi primo Manolo, cuando el juez del registro civil lo estaba casando, sin felicitar siquiera a los novios y luego me fui a emborrachar solo en un tugurio de la Doctores, como si deplorara la muerte de un ser querido.

Aunque “Petición de mano” me señale con dedo acusador, pues llevo dos matrimonios, dos uniones libres de larga duración, engendré una hija y he publicado quince libros, la anagnórisis que experimenté al leerlo no me culpabilizó en absoluto. La clave para entender el sentido de esta proclama incendiaria, creo, es la “poderosa caducidad del presente” que el poeta defiende contra viento y marea. Se refiere, supongo, a la libertad soberana de los jóvenes que no esperan llegar a viejos y por lo tanto se ríen de quienes hacen planes para el futuro, aspiran a fundar una familia o publican libros al por mayor (Martínez Rivas fue poeta de un solo libro: dijo su verdad y enmudeció). Pero como la poesía nunca es unívoca, la caducidad que pretende glorificar de algún modo adquiere permanencia en esta invocación apasionada de lo fugaz. Y en eso reside, creo, el gran valor del poema y de toda La insurrección solitaria: es el espléndido autorretrato de un joven intemporal, cuyo fervor adolescente alcanzó tal grado de intensidad, que salvó su obra de la decrepitud. El hechizo de su poesía no consiste en el programa de vida que propone, sino en la convicción de que no hay libertad posible sin vencer el miedo a la muerte.

Oponerse a que la vida sea una “fábrica de pasado” o un “clandestino taller sepulcral”, como dice Martínez Rivas al final del poema, no significa estar de acuerdo con su ridícula condena de quienes eligieron echar raíces en el mundo. Nadie se casa contra los demás, aunque algunos puedan casarse contra sí mismos. Lo más pueril de un poeta maldito son sus provocaciones, pero entre ellas asoman de vez en cuando los relámpagos de intuición que lo elevan por encima de su mueca perversa.


Enrique Serna

  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
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