La peor de la moral conservadora no fue su milenaria persecución del pecado carnal, sino el carácter obligatorio de sus preceptos. La separación de la Iglesia y el Estado debilitó su hegemonía y la revolución juvenil de los años 60 le dio el tiro de gracia. El surgimiento de un nuevo mundo amoroso fue quizá el hecho cultural más importante del siglo XX. Sabemos ya que el amor libre no desemboca en la anarquía y el caos, como auguraban los viejos predicadores. De hecho, libertinos y castos podemos convivir en perfecta armonía cuando ninguno de los dos bandos pretende sojuzgar la libido ajena. La oleada libertaria declaró abolidas las prohibiciones, pero no pretendía imponer a nadie un modo de vida orgiástico, ni mucho menos reemplazar la vieja ortodoxia por una de signo invertido. En unas cuantas décadas, el feminismo, el movimiento de liberación gay, el consumo de marihuana, la píldora anticonceptiva y en fecha más reciente, la ingesta de viagra, desencadenaron una euforia sexual obsesiva que tal vez genere nuevas angustias.
La mercadotecnia del espectáculo no tardó en capitalizar la avidez erótica y tal vez haya contribuido a envilecerla, porque la contracultura de los 60 tenía una vertiente de búsqueda espiritual (muy notoria en la obra de José Agustín y más aún en la de su comadre Elsa Cross) que se fue desdibujando tras el ocaso del movimiento hippie. En el El orgasmógrafo imaginé una tiranía hipersexualizada, donde el éxtasis de la carne se ha vuelto una obligación similar al pago de impuestos, con una cuota semanal de orgasmos fijada por el Ministerio de Salud Pública. Mi protagonista, una virgen disidente de 19 años, a quien la dictadura persigue con saña por haber sucumbido al flagelo de la castidad, se radicaliza y aprovecha su fama para encabezar la resistencia civil. Los adultos no hemos llegado a esa distopía, pero el pudor y la abstinencia ya son objeto de persecución y escarnio en el mundo adolescente, donde la precocidad parece haber impuesto una dictadura.
Una querida amiga me contó que su hija de doce años padece en la escuela el hostigamiento de varias compañeritas que la humillan y maltratan de manera soez en el patio de recreo, por no haber menstruado ni tener los pechos crecidos. Ni en mis peores pesadillas imaginé que el menor retraso en la evolución hormonal de una niña preciosa pudiera volverse un estigma. Por lo visto, en las secundarias no hay peor infracción al código de conducta pandilleril que el tránsito lento de la niñez a la pubertad, como si un despertar sexual tardío fuera el peor desacato al hedonismo beligerante. Las fichitas del salón, que ya menean caderas ondulantes, tachan de minusválidas o adefesios a quienes todavía no pueden ni quieren debutar en las lides de Venus.
Al parecer, ese tipo de acoso escolar se ha vuelto un patrón de conducta, como parece indicar la extraordinaria miniserie inglesa Adolescencia, nominada a ocho premios Emmy, en la que un niño de 15 años, vilipendiado por no tener novia, acaba matando a una compañera que lo acusa en las redes de militar en la cofradía virtual de solteros involuntarios (Incel, por sus siglas en inglés) donde ventilan su misoginia los varones despreciados por las mujeres. Lo más desolador de la serie, basada en un caso real, es que un adolescente pueda ser descalificado como amante cuando apenas se está asomando a la vida y el miedo a la deshonra lo conduzca al asesinato. En otras épocas, un chavo de secundaria descubierto infraganti con una compañera, o peor todavía, con un compañero, se hacía acreedor a las burlas más crueles; en la actualidad padece un mayor oprobio al muchacho sentimental o tímido que no ha ingresado al festín de la carne por aspirar, quizá, a una entrega amorosa en cuerpo y alma, como la del joven Werther. Pobre del que postergue su iniciación hasta encontrar a la amada sublime de las novelas románticas, un sueño muy propio de esa edad. ¿Cómo pudo degenerar la revolución sexual en un menosprecio tan canallesco de la pureza?
Tal vez los hippies de los 60 compadecieran a los jóvenes pacatos que iban con sus papás a la misa dominical, mientras ellos celebraban orgías en sus comunas, pero no pretendían adoctrinarlos a golpes, porque su primer mandamiento era “vive y deja vivir” y en aquel tiempo no eran el partido gobernante, sino la oposición al mainstream. No es la primera vez en la historia que los libertinos instauran un régimen totalitario: ya ocurrió en tiempos del imperio romano, cuando los patricios decadentes arrojaban a los leones a los cristianos primitivos. Resurge así el aspecto más nefasto de la moral conservadora, su intolerancia, revestido ahora con los oropeles de la libertad y el éxtasis. ¿Será una regla universal que toda revolución llegada al poder engendra tarde o temprano su odiosa caricatura?