Soberanía en peligro

Con pelos y señales

Enrique Serna

Enrique Serna
Ciudad de México /

Desde que se agravó el conflicto del gobierno mexicano con Estados Unidos y Canadá por las supuestas violaciones al T-MEC, el presidente López Obrador ha invocado la soberanía nacional y la dignidad de su investidura como argumentos defensivos contra nuestros socios comerciales. “México es un país independiente, no es colonia de ningún país extranjero, y el presidente no es un pelele, no es un títere de ningún gobierno del exterior”, declaró en Nayarit el 23 de julio, y adelantó que el 16 de septiembre asumirá una postura más combativa ante esta amenaza. Si perdemos el litigio, los países quejosos nos impondrán aranceles que el año próximo golpearán severamente las exportaciones, en mitad de una probable recesión. La estridencia del presidente parece indicar, sin embargo, que las probables sanciones a México le vienen guangas, aunque tal vez perjudicarían a Morena en las elecciones del 2024.

No es la primera vez que López Obrador antepone su protagonismo a la racionalidad económica. Antes de asumir su cargo esgrimió un argumento semejante para cancelar el aeropuerto de Texcoco: “No seré un florero ni un adorno”. En Francia, ningún presidente puede negarse a continuar las grandes obras públicas de un gobierno saliente, porque allá la continuité republicaine es un precepto constitucional inviolable, pero en México nos gobierna un prócer que pretende marcar un grandioso parteaguas histórico hasta en los actos más nimios de su gobierno. Ahora se enfrenta con un enemigo más fuerte, a quien denostará en los próximos meses con una sobredosis de retórica patriotera. Pero ya que ha puesto la soberanía en el centro del debate público, valdría la pena identificar quiénes la están reduciendo a cenizas, pues hoy en día los enemigos que nulifican la autoridad suprema del poder público son compatriotas y cada vez ensanchan más su esfera de influencia.

En las plazas compradas por el crimen organizado, el secuestro, la extorsión de comerciantes, el tráfico de inmigrantes y la trata de blancas eran hasta hace poco los negocios colaterales del narcotráfico. Pero a partir de este sexenio su modelo de negocios se amplió y ahora tiene muchos otros tentáculos. En Guerrero, por ejemplo, el hampa controla ya el transporte público, la venta de pollo y la distribución del agua para riego en zonas rurales. En la sierra Tarahumara, el grupo delictivo encabezado por el Chueco monopolizaba o monopoliza todavía la venta de cerveza. En Michoacán, los matones que gobiernan la república independiente de Aguililla y otros pueblos de la Tierra Caliente han encarecido el aguacate y el limón, imponiendo a sus productores un peaje leonino. En Sonora y Sinaloa, los hijos del Chapo ya están acaparando la pesca: fijan los precios del camarón y matan a quienes lo vendan a otros competidores. En Morelos, los productores de barbacoa que vienen del Estado de México tienen que pagarle fuertes cantidades a la maña de cada localidad para introducir su producto en esos mercados. Sometidos al mismo yugo, los dueños de combis y minibuses han tenido que subir los pasajes por encima de la inflación para pagar el tributo exigido por los capos locales. En todos los casos, la autoridad brilla por su ausencia: o se agacha para salvar el pellejo o la nueva oligarquía ya la tiene en la nómina.

Mientras esto sucede, los negocios lícitos quiebran o tienen que cerrar por no poder costear las extorsiones. En Cuernavaca, mi hija descubrió hace poco una nueva modalidad empresarial, cuando el taller al que llevaba a reparar su computadora desapareció de la noche a la mañana. Buscó en internet la nueva dirección del negocio y acudió al lugar: era un domicilio particular sin rótulo que indicara ninguna actividad comercial. Creyó haberse equivocado, pero tocó el timbre y la invitaron a pasar. Ahí estaba el taller de computación, en una casa con un largo pasillo donde había tres negocios más: un salón de belleza, una tienda de celulares y una farmacia naturista. Para sobrevivir, los negocios legales ya están recurriendo a la clandestinidad. Sus dueños tienen que esconderse para evadir el derecho de piso. Sólo pueden tener fachada los comerciantes con suficientes ganancias para pagar impuestos al SAT y al dueño de la plaza.

Ironías del populismo: el presidente que más se ha empeñado en destruir instituciones autónomas, no tiene empacho en ceder funciones de gobierno a los matones erigidos en dictadores. Concederles un grado tan amplio de autonomía significa renunciar a la obligación primordial del Estado. Los secuestradores de la voluntad ciudadana están en casa, fagocitando todas las actividades productivas. López Obrador no recuperará la soberanía perdida lanzándole bravatas a Estados Unidos y Canadá: son los ejércitos criminales quienes lo tratan como un pelele.

Enrique Serna

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