La mesa donde se reúnen vivos y muertos

Ciudad de México /
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En México, el afecto no siempre necesita grandes declaraciones. A menudo se manifiesta en preguntas sencillas que, tras años de vivir fuera, me he dado cuenta de que hay quienes las consideran intrusivas: “¿Ya comiste?”, “¿qué comiste hoy?”.

Para nosotros los mexicanos, lejos de ser una intromisión, estas palabras expresan una preocupación genuina por el bienestar del otro. Preguntar por la comida es, de alguna manera, preguntar si alguien ha sido cuidado. Bien dijo Mahatma Gandhi que “para quien tiene hambre, Dios sólo puede aparecer en forma de pan y mantequilla”. Estar “bien comido” se equipara con el bienestar general, la paz y la felicidad.

La mesa ocupa un lugar privilegiado en nuestras relaciones familiares y sociales. A quien llega de visita, aunque sólo sea por unos minutos, se le ofrece algo de comer. “¿No quieres un taquito?”, preguntamos casi por instinto. Es un gesto elemental de cortesía para cualquier mexicano. Y si sobra comida, es natural preparar un itacate para que el invitado se lo lleve, y quien cocina siempre calcula que haya suficiente para ello. No es únicamente hospitalidad; es una forma de prolongar el cuidado más allá de la puerta de casa. Compartir los alimentos constituye un gesto de respeto, cercanía y buena educación.

Esa misma sensibilidad adquiere una dimensión extraordinaria durante el Día de Muertos. En los altares familiares colocamos retratos, veladoras, flores de cempasúchil y, de manera muy especial, los platillos y bebidas que más gustaban a quienes ya partieron. El mole de una madre, el pan predilecto de un abuelo o la copa favorita de un tío recuperan, en ese momento, la intimidad de la vida cotidiana. No se trata simplemente de recordar cómo eran nuestros muertos ni de qué les gustaba, sino de reservarles un lugar entre nosotros. En nuestra mente, un momento feliz es aquel en el que se compartió alimento.

Hay una idea profundamente humana detrás de esta costumbre: los seres queridos con los que compartimos la mesa no dejan de pertenecer a ella por haber fallecido. Los alimentos se convierten, así, en un lenguaje de la memoria. Celebramos la vida de quienes nos precedieron sin negar la tristeza de su ausencia.

En Bulgaria encontramos una correspondencia conmovedora. Durante Zadushnitsa (esta palabra literalmente significa “para el alma”), las familias honran a sus difuntos con oraciones, visitas a los cementerios, velas y alimentos compartidos. El pan, el trigo cocido y el vino forman parte de una tradición en la que se distribuye comida en memoria de los fallecidos. La expresión Bog da prosti, literalmente “Que Dios los perdone”, acompaña ese acto de generosidad.

Aunque las raíces religiosas y las formas de celebración son distintas, en ambos países la comida permite que la memoria privada se transforme en un vínculo comunitario. No es necesario compartir los mismos orígenes para reconocerse en ciertos sentimientos y descubrir afinidades inesperadas.

Alimentar es cuidar. Compartir es reconocer al otro. Recordar es mantener viva una forma de amor. Entre México y Bulgaria, ese lenguaje silencioso encuentra una resonancia sorprendente.

Estas tradiciones refuerzan nuestra identidad porque nos recuerdan que quienes nos precedieron siguen formando parte de lo que somos. El Día de Muertos no celebra la ausencia, sino la permanencia de esos vínculos que nos sostienen y nos dan sentido. Al final, la comida cumple una función que va más allá de alimentar: conserva recuerdos, reúne generaciones y abre un espacio donde vivos y muertos siguen encontrándose alrededor de la misma mesa. 

  • Ernesto Briseño
  • Fundador y director de la Casa de México en Bulgaria.
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