Navegamos las olas del mar abierto —continuó Odiseo— y llegamos a la isla de Eea, hogar del amanecer recién nacido, que danza en las praderas con los rayos de Helios, dios del Sol.
Envié a mis hombres al palacio de Circe para traer el cuerpo de Elpenor. Le hicimos un funeral y lloramos desconsoladamente.
Quemamos su cuerpo y sus armas. Sobre la tumba colocamos una pila de rocas y, en la cima, su remo.
Circe, la impecable diosa, nos trajo vino y pan. Dijo:
—Es extraordinario. Viajaron al Hades estando vivos. Serán dos veces muertos, cuando la gente ordinaria solo muere una vez. Coman y beban. Ya mañana les daré detalles de la ruta.
Aunque soy un obstinado, acepté. Cuando cayó la noche y los hombres dormían, Circe me jaló de la mano para apartarnos de los demás. Me preguntó sobre el viaje. Al culminar mi relato, me dijo:
—Has cumplido esa misión. Ahora escucha.
Así lo hice, con detenida atención. Cuando supe los detalles de nuestro itinerario, respondí:
—Diosa, por favor, dime la verdad: ¿No hay otro camino de regreso?
—¿Que no te das cuenta, necio? Todavía piensas como un héroe de guerra. Pero ahora debes doblegarte a los dioses y reconocer que perderás a algunos hombres.
En ese momento, el Amanecer cabalgaba el cielo. Regresé a la nave y desperté a mis hombres. Les ordené abordar y liberar amarras.
Se sentaron, cada uno en su lugar, y azotaron la gris agua del mar con sus remos.
Detrás del barco de oscuras proas, la temible diosa Circe desató un leve viento que desplegó las velas.
Ajustamos el cordaje, y la brisa y el piloto dirigieron la nave. Entonces, con ansiedad en el pecho, le dije a la tripulación:
—Amigos míos, las revelaciones que me ha dado Circe no deben permanecer ocultas. Las compartiré con ustedes de manera que, si llegamos a perecer, conozcamos al menos la verdad.
Les conté que encontraríamos, en primer lugar, a las Sirenas, criaturas que encantan a los pasajeros con su canto.
Si alguno llegase a escucharlas, nunca volverá a su casa ni mostrará el rostro a su esposa e hijos para darles otra vez felicidad.
Las Sirenas yacerán en los prados. Buscarán seducirnos con penetrantes cantos. Alrededor de ellas, habrá montones de hombres caídos, con la carne pudriéndose en los huesos y con la piel marchita.
De pronto sopló un viento rápido. Cuando estábamos muy cerca de la isla de las Sirenas, la brisa se calmó. Alguna deidad ordenó que las olas durmieran y las guardó en el hueco fondo.
Los hombres blanquearon el agua, azotándola con los remos de pulida madera.
Tomé un pedazo de cera y lo corté en trozos. La cera se ablandó por el tacto de mis manos y los rayos del sol. Luego la embarré en los oídos de mis hombres.
Me ataron las manos y los pies, y con cuerdas me sujetaron de pie al mástil. Solo yo podría escuchar aquellos cantos.
Advertí que, si imploraba y ordenaba liberarme, debían apretar los nudos y encadenarme aún más al gran madero.
Se sentaron y golpearon el agua con los remos. Navegamos rápidamente. Y cuando estábamos al alcance de las Sirenas —sabían que nos encontrábamos muy cerca—, comenzaron a cantar.
—Odiseo, ven aquí. ¡Te conocemos por tantas historias! ¡Gloria de los griegos! Detén la nave y escucha nuestra voz.
»Todos los que viajan por aquí se deleitan con nuestro dulce canto.
»La música los regocija y les produce un vasto conocimiento. Sabemos todo aquello que los griegos y troyanos sufrieron en Troya por mandato de los dioses.
»Sabemos todo lo que ocurre en el mundo.
Su canto era tan melodioso que anhelé escuchar más. Le dije a mis hombres que me soltaran. Les fruncí el ceño. Pero ellos continuaron remando.
Euríloco y Perimedes se pusieron de pie y apretaron mis amarras, haciendo más nudos.
Logramos pasar y el canto de las Sirenas desapareció. Les hice una señal con la cabeza y ellos se arrancaron la cera. Me desataron.
Cuando la isla hubo quedado atrás, surgió una ola gigante y un golpe de humo nos atrapó. Se escuchó un rugido.
Aterrorizados, los hombres soltaron los remos y la nave cayó, salpicando el agua.
El barco se detuvo. Caminé por cubierta para animar a cada uno. Pronto vendría el siguiente obstáculo del regreso a casa.