Cuando el cíclope quedó satisfecho —continuó Odiseo—, se durmió.
Pensé que podía atravesar su hígado con mi espada. Pero recordé que sería imposible mover la piedra de la entrada.
Hacia el amanecer, prendió el fuego. Luego de cumplir con sus labores, comió su desayuno: dos de mis hombres.
Luego enfiló sus rebaños, rodó la gran piedra y, silbando, se dirigió hacia las montañas.
En el interior de la caverna, comencé a idear un plan. Hicimos una lanza del tronco que usaba de bastón. Yo mismo le afilé la punta.
Regresó con sus rebaños al atardecer. Luego de hacer la ordeña, se cenó a dos más de mis hombres. Yo le dije:
—Ya que has comido carne humana, bebe el vino que he traído como ofrenda.
El coloso bebió el delicioso vino.
—¡Otra! —dijo de inmediato—. Y ahora dime tu nombre y te daré un regalo que te gustará mucho.
Le serví otra copa, y luego otras dos. Le dije:
—Mi nombre es Nadie. Mi familia y mis amigos me llaman así. Dame el regalo que me prometiste.
—Me comeré a Nadie hasta el final. Ese es mi regalo.
Cayó dormido sobre sus espaldas, ebrio. De inmediato, echamos la lanza al fuego hasta que el filo resplandeció. Luego la encajamos en su ojo. Yo me incliné para taladrar.
Comenzó a sangrar y el fuego quemó las pestañas y las cejas. Vi crepitar su glóbulo ocular.
Soltó un alarido y se sacó la lanza. La sangre salía a borbotones.
Los cíclopes que vivían en las montañas escucharon sus gritos. Al llegar, le dijeron:
—Polifemo, ¿qué te pasa?
—¡Amigos!, Nadie me está matando.
—Si nadie te está haciendo daño, nada podemos hacer. Ruega a tu padre, el poderoso Poseidón, que te cure.
Cuando se fueron, me reí.
El cíclope gruñó y como pudo realizó sus labores. Quitó la piedra y se sentó en la entrada con los brazos extendidos.
Até a mis hombres al vientre de los carneros. Yo me acurruqué bajo el más grande, boca arriba, y enredé mis manos en el vellón.
Los animales salieron. Su amo tocó los lomos vacíos. Finalmente, acarició al último carnero, su favorito.
Dijo unas palabras de lamento y lo empujó hacia afuera.
Después de liberarnos, robamos los mejores animales y corrimos hacia el barco. Ordené navegar.
Antes de llegar al mar salado, grité con burla:
—¡Tonto cíclope! ¡Recibiste tu merecido!
Se enojó tanto, que arrancó una piedra de la colina y la arrojó. Produjo olas.
—Remen rápido. Salven sus vidas —grité a la tripulación.
Y cuando nos habíamos alejado más, volví a insultarlo. Mis hombres me pidieron que me callara, que dejara en paz a ese salvaje.
Pero mi corazón no escuchó. Todavía furioso, grité:
—Cíclope, si algún mortal desea saber quién te cegó, responde que fue Odiseo, el saqueador de ciudades, hijo de Laertes, que vive en Ítaca.
Polifemo respondió:
—Por el vino que me has dado de beber, te otorgaré obsequios, Odiseo.
Luego levantó los brazos hacia el cielo:
—Padre, el de cabellera azul: haz que Odiseo nunca regrese a casa.
O si ya está dicho que verá a su familia, que llegue tarde y sin honor, agonizando y sin ninguna de sus naves: toda su tripulación muerta por su culpa.
Arrojó una roca mucho más grande. Cayó tan cerca que las olas nos empujaron hasta la isla donde la flota entera nos esperaba.
Sacrifiqué a Zeus el carnero que me había ayudado a escapar, el favorito del poderoso Polifemo. El dios ignoró mi ofrenda. Ya había decidido destruir mis naves y a todos mis hombres. Pero ¿cómo?