—Rey por la gracia de Zeus, Odiseo, sobreviviente —me dijo Agamenón—. Poseidón no destrozó mis naves ni adversario alguno me abatió en tierra.
Fue Egisto, en complicidad con mi propia esposa, Clitemnestra. Me invitó a su casa para cenar y me asesinó como a un buey ante el pesebre.
»Mis hombres fueron masacrados, como cerdos para un festín o una boda —continuó Agamenón—.
Tú más que nadie viste hombres heridos en batalla, o arrasados en combate.
Pero nada se compara con habernos visto desangrados bajo mesas repletas de comida y vino. »El piso estaba empapado de sangre, y escuché la desesperada voz de la hija de Príamo, la pobre Casandra, a quien Clitemnestra también mató por medio de engaños.
»Agonizando, atravesado por la espada, intenté alzar los brazos. La ingrata se dio la vuelta y ni siquiera tuvo el valor de cerrarme los ojos mientras descendía al Hades.
—¡Maldita sea esa mujer! —grité—. Tantos hombres perecieron por culpa de Helena, y ahora Clitemnestra llevó a cabo este complot en tu contra.
Agamenón respondió:
—Nunca trates demasiado bien a tu esposa ni le cuentes todo lo que sabes. Dile algunas cosas; esconde otras. Aunque tu esposa no habrá de asesinarte, Odiseo.
La sabia Penélope es demasiado razonable para urdir tales propósitos.
»Y aunque ella era muy joven cuando te fuiste y tu hijo era apenas un bebé, te recibirán con los brazos abiertos.
Así debería ser. En mi caso, mi esposa impidió que mis ojos llenos de alegría vieran a mi hijo.
»Tengo un último consuelo para ti. Escúchalo, por favor. Cuando regreses a tu patria, no eches las anclas de tu nave frente a todos. Hazlo en secreto.
Ya no se puede confiar en las mujeres.
»Pero ¿tienes alguna noticia de mi hijo? —me preguntó—. ¿Continúa con vida? ¿Vive en Orcómeno o en la arenosa Pilos? ¿O está con Menelao en Esparta? Seguramente mi hermoso hijo Orestes no ha muerto.
Yo le respondí:
—¿Por qué me preguntas eso, Agamenón? No sé si está vivo o muerto. No tiene sentido especular.
Lloramos juntos largamente, tristes por las palabras que acabábamos de pronunciar.
Entonces se acercó el espíritu de Aquiles. Al reconocerme, me dijo con lágrimas en los ojos:
—Mi señor Odiseo, viejo zorro. ¿Qué andas tramando? ¿Cómo es que estás aquí? Seres inertes yacen en el Hades, las sombras de pobres mortales extenuados.
—Aquiles, el más grande de los héroes griegos —respondí—. La suerte no me ha dejado regresar a casa.
Pero nadie ha tenido tanta suerte como tú, ni la tendrá.
En vida, los griegos te tratamos como a un dios. Ahora estás aquí, y tienes gran poder sobre los muertos. No deberías sentir amargura.
Pero él me respondió:
—Odiseo, no intentes consolarme. Preferiría ser un labrador que trabaja para un pobre campesino que ser el rey de los muertos.
Las almas de otros muertos se congregaron con tristeza. Cada una contó sus penas. Sentí la urgencia de ver más espíritus.
Vi a Tántalo, sumergido en agua hasta la barbilla. Cuando intentaba beber, el agua desaparecía. Higueras, granados, manzanos y olivos ofrecían sus frutos.
Pero al tacto, el viento se los llevaba a una nube oscura.
Permanecí con la esperanza de ver a Pirítoo y a Teseo, hijos gloriosos de los dioses.
No obstante, multitudes de muertos se amontonaban alrededor con lamentos espeluznantes.
Un miedo frío me invadió. No fuera que la espantosa reina Perséfone enviara a la Gorgona, el más terrible de los monstruos.
Regresé de inmediato con mis hombres.
Les di la orden de abordar y que soltaran las amarras.
Se postraron sobre las bancas. Avanzamos conforme a la corriente: primero con la ayuda de los remos, luego con el empuje del viento. Había comenzado el regreso a casa.