La profecía de los muertos

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /
Únete al canal de Milenio

Llegamos al final del profundo y caudaloso océano —continuó Odiseo—, donde viven los cimerios en una ciudad cubierta por niebla y nubes.

El dios Sol nunca dirige su mirada de brillantes rayos, ni cuando se eleva en el cielo estrellado ni cuando regresa del cielo a la tierra.

Varamos el barco y condujimos las ovejas hacia el arroyo del mar donde los sauces dejan caer sus frutos exangües y crecen los altos álamos en el bosque de Perséfone.

Desenvainé mi espada para hacer un hoyo. Vertí libaciones: primero, una mezcla de miel; luego, vino dulce; al final, agua. Esparcí cebada en la superficie.

Hice la promesa de sacrificar mis vaquillas más jóvenes y apilar un altar elevado con ofrendas en caso de regresar a casa.

A Tiresias le prometí una oveja negra pura, la mejor de mi rebaño. Invoqué a los muertos. Corté el pescuezo de las dos ovejas. La negra sangre chorreó sobre la fosa.

Los espíritus escaparon del Erebo y se congregaron alrededor: adolescentes, niñas y niños, sufridos ancianos y novias recién casadas que el parto destruyó en su juventud; también una infinidad de hombres heridos en batalla por lanzas de bronce, portando armaduras manchadas de sangre. 

Se lamentaron lúgubremente.

Pálido de miedo, le ordené a mis hombres desollar las ovejas y quemarlas, y que rezáramos a Hades y a Perséfone.

Empuñé la espada para que los espíritus no se acercaran a la sangre. Tiresias no llegaba.

El espíritu de mi hombre Elpenor se aproximó. Habíamos dejado su cadáver en el palacio de Circe, sin funeral o entierro. Cuando lo vi, lloré de compasión y dije:

—Llegaste primero, caminando a pie.

Él gimió:

—Odiseo, señor mío, maestro de cada circunstancia. Demasiado vino me atontó y caí, rompiéndome el cuello. Luego mi espíritu viajó al Hades. 

Por tus hombres y los seres que más amas, no me dejes olvidado y sin lamentación, de lo contrario los dioses se enfurecerán contigo.

—Pobre hombre —respondí—. Así lo haré.

Apareció el espíritu de mi madre muerta, Anticlea, hija de Autólico, a quien había dejado viva cuando partí a Troya. Lloré con intensa compasión. 

No obstante, a pesar de mi dolor, no la dejé beber la sangre antes que Tiresias.

El profeta se acercó, sujetando un cetro. Me dijo:

—Rey por la gracia de Zeus, Odiseo, sobreviviente hábil, ¿por qué dejaste el sol para reunirte con los muertos? Retrocede para que pueda beber la sangre y conversar contigo.

Luego de beber la oscura sangre, el profeta habló:

—Poseidón se siente agraviado todavía porque cegaste a su hijo. Tendrás que sufrir por ello. 

Pero puedes regresar a casa si controlas tus instintos y a tus hombres. Navega hacia la isla de Trinacria, doblando en las profundidades púrpuras.

En la isla, encontrarás vacas paciendo y hermosas ovejas gordas, que pertenecen al dios que todo lo ve y todo lo escucha, el dios Sol. 

Si las dejas en paz y te concentras en la ruta, tal vez podrás llegar a Ítaca, a pesar de grandes pérdidas. 

Pero si las dañas, profetizo desastres para tu embarcación y tus hombres.

Yo respondí:

—Tiresias, espero que los dioses me asistan. Pero dime, y dime la verdad: he visto el espíritu de mi madre en silencio junto a la sangre. No me habla y ni siquiera me ha mirado a los ojos.

—Cuando el espíritu se acerque y beba de la sangre, podrá decirte la verdad; cuando lo alejes, se irá.

Al decir estas palabras, el espíritu de Tiresias regresó a casa de Hades. 

Yo permanecí, vigilante, hasta que mi madre reapareció y bebió la sangre. Entonces pudo reconocerme y, con honda pena, habló conmigo.

Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite