Llegamos al final del profundo y caudaloso océano —continuó Odiseo—, donde viven los cimerios en una ciudad cubierta por niebla y nubes.
El dios Sol nunca dirige su mirada de brillantes rayos, ni cuando se eleva en el cielo estrellado ni cuando regresa del cielo a la tierra.
Varamos el barco y condujimos las ovejas hacia el arroyo del mar donde los sauces dejan caer sus frutos exangües y crecen los altos álamos en el bosque de Perséfone.
Desenvainé mi espada para hacer un hoyo. Vertí libaciones: primero, una mezcla de miel; luego, vino dulce; al final, agua. Esparcí cebada en la superficie.
Hice la promesa de sacrificar mis vaquillas más jóvenes y apilar un altar elevado con ofrendas en caso de regresar a casa.
A Tiresias le prometí una oveja negra pura, la mejor de mi rebaño. Invoqué a los muertos. Corté el pescuezo de las dos ovejas. La negra sangre chorreó sobre la fosa.
Los espíritus escaparon del Erebo y se congregaron alrededor: adolescentes, niñas y niños, sufridos ancianos y novias recién casadas que el parto destruyó en su juventud; también una infinidad de hombres heridos en batalla por lanzas de bronce, portando armaduras manchadas de sangre.
Se lamentaron lúgubremente.
Pálido de miedo, le ordené a mis hombres desollar las ovejas y quemarlas, y que rezáramos a Hades y a Perséfone.
Empuñé la espada para que los espíritus no se acercaran a la sangre. Tiresias no llegaba.
El espíritu de mi hombre Elpenor se aproximó. Habíamos dejado su cadáver en el palacio de Circe, sin funeral o entierro. Cuando lo vi, lloré de compasión y dije:
—Llegaste primero, caminando a pie.
Él gimió:
—Odiseo, señor mío, maestro de cada circunstancia. Demasiado vino me atontó y caí, rompiéndome el cuello. Luego mi espíritu viajó al Hades.
Por tus hombres y los seres que más amas, no me dejes olvidado y sin lamentación, de lo contrario los dioses se enfurecerán contigo.
—Pobre hombre —respondí—. Así lo haré.
Apareció el espíritu de mi madre muerta, Anticlea, hija de Autólico, a quien había dejado viva cuando partí a Troya. Lloré con intensa compasión.
No obstante, a pesar de mi dolor, no la dejé beber la sangre antes que Tiresias.
El profeta se acercó, sujetando un cetro. Me dijo:
—Rey por la gracia de Zeus, Odiseo, sobreviviente hábil, ¿por qué dejaste el sol para reunirte con los muertos? Retrocede para que pueda beber la sangre y conversar contigo.
Luego de beber la oscura sangre, el profeta habló:
—Poseidón se siente agraviado todavía porque cegaste a su hijo. Tendrás que sufrir por ello.
Pero puedes regresar a casa si controlas tus instintos y a tus hombres. Navega hacia la isla de Trinacria, doblando en las profundidades púrpuras.
En la isla, encontrarás vacas paciendo y hermosas ovejas gordas, que pertenecen al dios que todo lo ve y todo lo escucha, el dios Sol.
Si las dejas en paz y te concentras en la ruta, tal vez podrás llegar a Ítaca, a pesar de grandes pérdidas.
Pero si las dañas, profetizo desastres para tu embarcación y tus hombres.
Yo respondí:
—Tiresias, espero que los dioses me asistan. Pero dime, y dime la verdad: he visto el espíritu de mi madre en silencio junto a la sangre. No me habla y ni siquiera me ha mirado a los ojos.
—Cuando el espíritu se acerque y beba de la sangre, podrá decirte la verdad; cuando lo alejes, se irá.
Al decir estas palabras, el espíritu de Tiresias regresó a casa de Hades.
Yo permanecí, vigilante, hasta que mi madre reapareció y bebió la sangre. Entonces pudo reconocerme y, con honda pena, habló conmigo.