“Toma el tren allí”, me dijo el conductor del taxi, apuntando hacia la estación Buenavista.
Atravesé el mercado, mochila a la espalda, y seguí el flujo de la gente, un viernes a las cinco de la tarde.
A cambio de unas monedas, una mujer mayor explicaba a los turistas cómo adquirir una tarjeta para el sistema de transporte de la Ciudad de México.
Conocía también la cifra: 45 pesos.
El tren hacia el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles esperaba en el andén, casi lleno.
Algunas personas corrieron para asegurar su lugar, pero el tren permaneció detenido por diez minutos más.
Desde un extremo, se podía ver hasta el final, como si estuviéramos en el interior de un dragón o una serpiente.
Poco a poco, los vagones fueron llenándose, más que nada cerca de las puertas, hasta que comenzó a moverse, para felicidad de todos.
El tren salió hacia el norte, ocupando una de las tres vías del Ferrocarril Central, partiendo la ciudad en dos.
Una barda hacia el este y otra hacia el oeste abrían la densidad urbana.
Pasábamos tan cerca de las casas que era posible ver la intimidad: las mesas servidas, las televisiones sintonizando películas, las plantas del corredor.
Las bardas mostraban pintas callejeras, semejantes a las que he visto sobre los vagones de los trenes de carga. El espectáculo era inverso.
Recorrimos el corazón urbano, sujetos a los tubos y tras un cristal. El camino podría ser de París, Londres, Nueva York.
Aunque, de pronto, una visión nos recordó dónde estábamos.
La Ciudad de México apareció en la ventana sur, y todos los edificios sobre Reforma, elevados en lo que fue un lago hace mucho tiempo, se fueron alejando y disminuyeron de tamaño hasta desaparecer.
A cada kilómetro, estábamos más cerca de la ciudad destino que de la Ciudad de México. Pronto llegaríamos al AIFA, para abordar un avión a distintos puntos del país.
Pero muchos pasajeros bajaron del tren y muy pocos se subieron en el tránsito. El tren se ha convertido en otro instrumento de transporte suburbano.
Luego de pasar Xaltocan, guardias y soldados revisaron los vagones varias veces.
El tren se sumergió bajo tierra y avanzó lentamente.
Como era la primera vez que hacía el viaje, cada detalle era nuevo. Iban a dar las seis. Me intrigaba ver tanta seguridad y, más que nada, conocer el aeropuerto, ubicado cerca de Zumpango, donde los mexicas habían entrado en el Valle de México desde Tula, Hidalgo.
Al salir de la estación del tren, caminé por territorio plano y verde hacia la estructura de metal, vidrio y concreto: las llegadas en la primera planta y las salidas en la segunda.
Un parque temático con animales prehistóricos separa el estacionamiento del aeropuerto.
Al entrar, me sentí en el aeropuerto de una ciudad estadounidense, por lo amplio y la arquitectura funcional. No obstante, se encontraba casi desierto, como de madrugada.
Las cadenas que vendían alimentos eran desconocidas. Y el piso pulido, las paredes limpias y nuevas y el silencio agudizaron mi extrañamiento.
La Guardia Nacional revisó las maletas hacia las puertas de abordaje, sin la presión del tiempo.
Eran jóvenes, de ambos sexos y muy meticulosos.
Antes de abordar, usé el baño. Me sorprendió que estaba decorado con imágenes amplificadas de Chespirito. Baños temáticos.
Luego, una encargada de la aerolínea me dijo: “debe abordar por allí”.
Y en menos de dos horas, me había alejado de la Ciudad de México y, allí en el AIFA, pisé el último escalón de su misterio.