Día de la Madre

  • Columna de Fernando Rangel de León
  • Fernando Rangel de León

Laguna /

En vísperas de celebrar el día más grande de las familias, el Día de la Madre, vivimos momentos de definición nacionales y locales, principalmente en Coahuila, que el 5 de mayo, iniciaron las campañas electorales para elegir diputados al Congreso del Estado, el próximo 7 de junio.

En el país los casos de Sinaloa y de Chihuahua, tienen a los mexicanos en susirio, en zozobra; pues el gobernador del primero puede ser procesado penalmente por acusaciones del gobierno de EEUU, y la gobernadora del último está expuesta a un juicio político para desaforarla y enjuiciarla por la acusación de traición a la patria; teniendo ambos en común que pueden ir a la cárcel.

Para festejar con todo el amor posible a las madres, presentes y ausentes, debemos de mandar a segundo término noticias catastrofistas, y demostrárselo no solo el Día de la Madre, sino todos los días; teniendo presente discursos como el de Andrés Serra Rojas, que pronunció con motivo de la colocación de la primera piedra del Monumento a la Madre, erigido a iniciativa del Periódico Excélsior, en Paseo de la Reforma casi esquina con Insurgentes en la Ciudad de México.

El maestro se preguntaba qué era una madre, contestando que un distinguido escritor dijo: “Una madre es una cosa que el niño ama y el hombre olvida. 

Un amor hecho a prueba de toda clase de dolores y de todo género de ingratitudes. 

Una madre es un corazón que no se cansa nunca de sufrir. Una alma que no deja ningún momento de querer. 

El amor de la madre es una inmensidad donde el mismo corazón de la mujer se pierde. Así como Dios ha puesto en el alma del hombre una chispa de su inteligencia, de la misma manera ha puesto en el corazón de la madre un relámpago de su amor”.

Los que no tenemos la dicha de tener a nuestras madres, ¿cuánto no daríamos con verlas u oírlas vivas este 10 de mayo, para demostrarles nuestro amor con un telefonazo, un WhatsApp, una video llamada, un beso, un abrazo, una flor, una sonrisa, una caricia, un regalo y cualquier otro gesto, en agradecimiento por habernos dado la vida aún a costa de la de ella, por querernos antes de conocernos, por anteponer nuestras vidas a la de ellas, por habernos proporcionado todas las atenciones necesarias desde que nacimos y durante toda nuestra vida hasta ser lo que somos hoy y seremos siempre.

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