Diario de tanto en tanto

Ciudad de México /

Cuenta una antigua historia que Dios y el diablo iban caminando juntos cuando de pronto vieron un objeto brillante tirado en el suelo. Dios lo recogió y dijo a su acompañante: “Mira, es la verdad”. El diablo le propuso entonces: “Dámela, que yo la organizaré”. Así la realidad ideológica y sus versiones mediáticas y políticas: la organización de la verdad.

Todos somos ingenuos ontológicos porque actuamos según la experiencia que tenemos del mundo. Y el de estos días es apocalíptico y extremo, mientras un sentimiento de desesperanza y zozobra invade a la sociedad. Quizá es cuando debemos recordar que plegaria viene de precaria y que la precariedad lleva a la piedad. Resistirán quienes crean en algo más allá de lo visible. Los teólogos le llaman la fuerza de la fe. Hipótesis descabelladas para los materialistas pero abrigo y cobijo para quienes admiten un valor trascendente. Resistirán aquellos que crean, por eso los Perfectos entre los cátaros marchaban a las hogueras inquisitoriales cantando. Resistirán quienes sepan que comprender es aceptar la entrada a otro orden o espacio de sentido y de ser. Quienes intuyan que lo único que se quema en el infierno es el yo. O bien, siguiendo al presocrático Heráclito, que “Uno es todo”. Que la impermanencia es la condición universal.

Mucha de nuestra vulnerabilidad física se debe, más que a los acontecimientos mismos, a la interpretación que hacemos de ellos. La célebre sentencia: “A lo único que debe temerse es al mismo miedo”, ha de aplicarse al cuerpo-mente de cada individuo. El sistema inmunológico es poderoso y flexible, pero resulta vulnerable ante las tensiones psicológicas. Estados como la paranoia, la tristeza y la ansiedad deterioran la capacidad del sistema inmunológico. Nos enfermamos por razones genéticas o ambientales pero también y sobre todo por causas psicosomáticas. Nos enfermamos por miedo, pues el sistema inmunológico de los tardomodernos está deprimido y neurotizado. La alegría cura, la serenidad y la confianza también.

Las plagas contemporáneas provienen de los universos concentracionarios, eugenésicos y productivistas donde a escala industrial se tortura brutalmente a los animales. Cuando al sabio le preguntaron por qué comía vegetales en lugar de animales contestó que aquellos gritaban y sufrían menos. Al adquirir los derechos que la conciencia y el lenguaje otorgan, los seres humanos olvidaron sus obligaciones resultantes: tutelar, proteger la creación y a los demás seres vivos, servir de vínculo entre lo de arriba y lo de abajo. Hoy solamente destruimos, y así nos va.

La pregunta es la primera operación del conocimiento y la función del conocimiento es encontrar sentido. El sentido es un objetivo psíquico que depende de la identificación e implica un sentimiento de pertenencia. Y sin embargo, preguntarse sobre lo real verdadero como una y otra vez lo hace el aprendiz budista: “¿Qué es esto?”, solo lleva a concluir que no hay respuesta. Por eso san Silvestre dio de Dios una definición que Mircea Eliade considera la más brillante ilustración de la teología negativa: Dios es como una cebolla, porque es bueno y hace llorar. Así se demuestra que, siendo indefinible, de Él puede decirse lo que sea.

Las catástrofes de las civilizaciones son el mecanismo histórico mediante el cual cambian las culturas, pues “en lo oscuro y lo profundo hay verdades que pueden curar”. El peligro, entonces, está en la superficialidad, en el morbo de la autoconmiseración o en la desvinculación moral con lo que ocurre. Los jóvenes florentinos del Decamerón de Boccaccio que huyen de la peste representan la gramática de la pertenencia mutua tras la ruina de las formas políticas encarnadas por la ciudad, una gramática que solo puede lograrse desde los órdenes pequeños, desde uno mismo y los suyos, uno mismo y los demás. En cualquier tiempo difícil y adverso se debe simplificar. Serenar la mente, ocuparla sin preocuparla, evitar el sentimentalismo y rechazar el miedo, ese tóxico inducido del control mental. El cuerpo, que es el templo de la conciencia, tranquilizado, dócil y flexible, entonces la seguirá.

En su a veces desbordada celebración de la Biblia hebrea, George Steiner recuerda que para el judaísmo bíblico la palabra es el espíritu y la letra es el significado. Cita Proverbios 18, 21: “La muerte y la vida están en poder de la lengua”. Recuerda la “sugestiva tradición” hasídica de que Dios hizo al hombre de tal modo que pudiese contar historias, en especial sobre el propio Dios.

Es con el lenguaje que Cioran dice: “Solo un monstruo puede darse el lujo de ver las cosas tal y como son”. Monstruo etimológicamente significa una advertencia, un aviso de la divinidad. Mirar lo monstruoso y nombrarlo es propio del verdadero pensar. La desconexión moral, en cambio, utiliza eufemismos, ignora consecuencias y deshumaniza a las víctimas para justificar su maltrato.

Culpa a los otros de su propia responsabilidad. La patología es una neolengua. La moral es el lenguaje.


AQ / MCB

  • Fernando Solana Olivares
  • (Ciudad de México, 1954). Escritor, editor y periodista. Ha escrito novela, cuento, ensayo literario y narrativo. Concibe el lenguaje como la expresión de la conciencia.
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