El imperio ladrón

Ciudad de México /

Todos lo han sido, es cierto, pero este es el peor. No solo porque posee armas nucleares y de última tecnología, sino porque es el de los días aciagos que nos tocó vivir, preludio apenas de un trastorno mayor. También porque lo encabeza un autócrata perturbado, cuyo narcisismo patológico es una cruda expresión del mal. Un plutócrata mentiroso y cruel rodeado de mediocres, aquellos que nunca debieron gobernar, los menos aptos, los más riesgosos. Pero a la vez los más lógicos alrededor de un sátrapa (quien gobierna despótica y arbitrariamente haciendo ostentación de su poder) en la decadencia irreversible del imperio occidental.

En un artículo de balance de 2025 (un año oscuro y tormentoso, como lo llama) sobre el mundo al revés de la administración Trump publicado en Asia Times, Bill Emmott cita a Tucídides al describir la guerra del Peloponeso de hace 2500 años: “Los fuertes hacen lo que quieren y los débiles sufren lo que deben”. En esa sentencia hay ecos de William Butler Yeats sobre el ominoso mundo de estos días: “Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están henchidos de apasionada intensidad”.

Con la invasión yanqui a Venezuela y el secuestro de su presidente constitucional Nicolás Maduro se entierra de manera definitiva el derecho internacional, un sistema construido desde la Paz de Westfalia en 1648 a partir del principio de los Estados-nación y su soberanía, un sistema frágil e imperfecto pero geopolíticamente referencial e invocable que con el pacto de Yalta creó en 1945 la Organización de las Naciones Unidas, aunque perdió todo su significado hacia fines del siglo veinte hasta hoy.

Nos encontramos en una situación que se asemeja al caos, como afirma Aleksandr Duguin, donde cinco sistemas incompatibles, unos ya meramente virtuales y otros establecidos por la fuerza, interfieren entre sí provocando cortocircuitos mundiales que desembocan en fracasos, conflictos y contradicciones cada vez más arbitrarios y violentos.

La inercia de la ONU y el derecho internacional, un “dolor fantasma” cuya inutilidad para normar las relaciones entre países y aplicar el derecho es evidente; las inercias institucionales de un mundo bipolar concluido hace tiempo; un Occidente colectivo que sigue insistiendo en la globalización y el establecimiento de un Gobierno Mundial, borrando todas las identidades colectivas y abandonando la noción de soberanía de los Estados nacionales; Estados Unidos, que bajo la influencia de los neoconservadores se comporta como única potencia hegemónica y considera “ley” todo lo que redunda en su beneficio, un “enfoque mesiánico” que insiste en la “desoberanía” de todos los Estados mediante el “derecho de la fuerza”; y por último —anota Duguin— “los contornos de un mundo multipolar en el que el portador de la soberanía es el Estado-civilización, como la China moderna, Rusia o la India”.

Su análisis concluye aceptando lo obvio: contradicciones así nunca en la historia se han resuelto pacíficamente. En consecuencia, dice, una Tercera Guerra Mundial “es más que probable”. Aunque una guerra mundial involucra a todos o a casi todos, dos sujetos principales están frente a frente: el Occidente colectivo en lo que llama “sus dos encarnaciones” (liberal-globalista y hegemonista) y los polos emergentes del mundo multipolar (Rusia, China, India).

Los hobessianos “realistas” hablan de la emergencia de un nuevo orden o doctrina política en Estados Unidos con un presidente imperial que ha erosionado el sistema político y jurídico ignorando la autoridad del Congreso, creando un estado de crisis permanente que ahoga a la oposición, sofoca a la prensa y al poder judicial y practica un cesarismo donde se impone un nomos schmittiano basado en la distinción país amigo (más bien subordinado) y país enemigo (básicamente independiente). Trátase de una política antidemocrática y una geoeconomía controlada por el imperio. Además de un cambio de era, la intervención en Venezuela es un primer paso en esa estrategia imperial.

Hay muchos más elementos que participan en esta grave y escandalosa complejidad. La mitomanía compulsiva de Trump —otra afectación patológica— como forma de gobierno (invenciones y mentiras que utiliza “sin importar el contexto y sin importar cuántas veces hubieran sido desacreditadas”); el terrorismo de Estado que Estados Unidos practica con todo cinismo justificante en cualquier parte del mundo (Gaza, Somalia, Siria, Irán y ahora Venezuela); la enajenada deshumanización robótica del personaje, que abarca a su círculo íntimo incluida su esposa; su estrecha y pública vinculación con genocidas como Netanyahu, asesinos como el príncipe saudí bin Salman o narcotraficantes como el expresidente hondureño indultado, muestran a un hombre moral y cognitivamente incapacitado para gobernar.

¿Quién sigue en sus demenciales afanes gangsteriles: Colombia, Brasil, México? Quizá debamos prepararnos para lo peor. No es casualidad que precisamente ahora sea reeditado el “drama monstruoso” de Karl Kraus sobre los años de entre 1914 y 1918, Los últimos días de la humanidad.


AQ / MCB

  • Fernando Solana Olivares
  • (Ciudad de México, 1954). Escritor, editor y periodista. Ha escrito novela, cuento, ensayo literario y narrativo. Concibe el lenguaje como la expresión de la conciencia.
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