La madera fue el elemento predominante en el horóscopo que los astrólogos de la corte calcularon al nacer en 1605 este nieto del emperador Wanli, hijo del príncipe Taichang a quien sucedería en el trono. Un atributo de Júpiter y el primero de los cinco elementos asociado al crecimiento de la materia, vinculada con la primavera, el este, el planeta Júpiter y el color verde, la madera también simbolizaba al Dragón Azul.
Quizá el Hijo del Cielo hubiera preferido que su nieto Tianqi fuera definido por el metal o por el fuego, así la duración de la dinastía Ming perduraría, pero aun él, el Señor de los Cuatro Extremos, sabía que la voluntad de los dioses siempre es ignota y ninguna obstinación humana, ni siquiera la imperial, podría someterla.
Poco atendió Tianqi durante su infancia los estudios de las Seis Artes: lî, las normas de cortesía, la etiqueta de la corte y los rituales religiosos; yuè, la música, esencial para la armonía interior y el equilibrio del espíritu; shè, la arquería, las artes marciales y la estrategia de guerra para la defensa y expansión del reino; yù, la equitación y la conducción de carros de combate; shû, la caligrafía y el arte de la lectura y la escritura; shú, las matemáticas, los conocimientos de administración, de contabilidad y astronomía.
Tampoco memorizó ni pudo comprender los textos clásicos de Confucio. No supo de Las Analectas, ni de El Gran Saber y La doctrina del Camino Justo. Tianqi nunca alcanzó la condición de caballero perfecto, indispensable para un príncipe heredero, y las crónicas sobre su reinado dirían después que sufrió problemas de aprendizaje y fue prácticamente analfabeto. Sería hasta décadas después que el emperador Kangxi de la dinastía Quing dispondría un férreo método de disciplina y cero días libres en el Estudio Imperial para formar a los príncipes sucesores.
En sus vagancias por el palacio de su abuelo, el niño descubrió la madera y aprendió carpintería con los grandes artesanos que la trabajaban. Se fascinó con las maderas duras seleccionadas para el mobiliario imperial: Huanghuali o “primera amarilla”, Zitan o “segunda púrpura”, Dahon suanzhi o “tercera roja”. La calidez y veta de la primera, la grave densidad oscura de la segunda o el tono escarlata, la estabilidad y dureza de la tercera le mostraron un universo.
Aprendió que la madera de Huanghuali, en sus vetas color ámbar, marrón rojizo o miel, contenía paisajes, nubes, rostros fantasmales y patrones geométricos como máscaras escénicas, manchas de leopardo o diseños de agua y de montañas, y que como las otras dos estaba viva porque sus imágenes brotaban desde su propio interior. Aprendió a serrar la madera, a cepillarla y tallarla mediante un sistema estructural donde las uniones de las piezas construidas con espigas y mortajas no utilizaban clavos para soportar la fuerza, la expansión y la contracción del material. Entonces las piezas respirarían para vencer al tiempo y durar.
Los muebles construidos bajo un riguroso sistema de cálculo determinado por la regla Luban, una técnica que databa de épocas pretéritas contemporáneas a la Grecia antigua, hacía que no fueran simples objetos de un minimalismo adelantado en siglos sino cuerpos de precisión en estado puro, precisión esencial de una civilización que vinculaba los materiales, la técnica, la medición y el orden simbólico. Resultaba paradójico: la decadencia de la dinastía Ming que él mismo personificaba, penúltimo emperador de su linaje, junto con el bello refinamiento, la intemporal sobriedad de los objetos que en aquel tiempo se produjeron. No había ornamento en ellos, no había delito, salvo el descuido de la obligación superior.
Las manos de Tianqi vivían atareadas, su espíritu estaba liberado y su mente era feliz. Pero todos los problemas nacen de la falta de atención y los suyos, o más bien los del imperio que no dirigía, iban en aumento. El emperador carpintero había cedido los asuntos del reino a su ministro Wei Zhongxian, un eunuco conocido como el más poderoso y el más perverso de toda la historia china.
Mientras el emperador estaba entregado a sus labores de diseño, corte y ensamblaje de muebles llamados a vencer al tiempo, perdido entre los resplandores y brillos de la madera, lleno de aserrín y virutas, manchado de lacas y ceras, Wei solía presentarle complejos documentos gubernamentales y abstrusos asuntos de Estado. El Hijo del Cielo solía responderle con una simple frase: “Lo he entendido. Lo manejas bien”.
Los historiadores y especialistas en arte clásico chino anotan la contradicción y la sombra política que yacía entre una ebanistería artística de poderoso desarrollo y una dinastía cuya fragilidad avanzaba. Wei dilapidaba recursos, reprimía críticos, corrompía adversarios, participaba en las guerras de las concubinas imperiales y retenía pagos y sueldos del ejército. Varios levantamientos populares fueron cruelmente sofocados. A la muerte del emperador Tianqi, el eunuco fue ejecutado.
Nunca han sido conciliables la belleza y el poder.
AQ / MCB