El rey Lear en la noche

Ciudad de México /
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Los ciclos se cumplen, las edades terminan. Lo soñé o me soñó. Era el rey Lear, aquel gigante tan desdichado de Shakespeare que vino a mí sin aviso alguno, como suceden las cosas en los sueños. En nuestro encuentro casual que era una cita hubo ausencias inexplicables, la del dislocante Bufón, por ejemplo, nunca presente. Debo haberlo extrañado. Pero he aprendido a asumir las circunstancias como los cabalistas leen la Biblia: todas las ausencias son significativas, representan otra forma de la presencia porque no están.

No estuvo Cordelia, la hija fiel y asesinada, la del paciente silencio y el atento amor. Ni sus malas hermanas Gonerila y Regania, odiadoras del padre y enemigas entre sí. No se presentó aquella negación llamada Edmundo, el personaje más frío que la imaginación humana hubiera compuesto jamás, según el bardólatra Harold Bloom. Tampoco Edgar, el de la heroica desesperanza, campeón implacable que vengará las atrocidades del hermano cainita. Ni el atormentado duque de Gloucester, a quien le arrancan los ojos. O el otro hombre mayor de la tragedia, el envejecido Kent, que pronto se reunirá en la muerte con su rey.

Solo llegó Lear a mi sueño inhóspito, el anciano monarca loco, envejecido y solo, ese declinante, un padre crepuscular y traicionado que tambaleándose llevará en brazos a Cordelia ahorcada, la antes malquerida por él, con la cual así será reconciliado. Quise preguntarle al viejo tantas cosas.

Su presencia se sentía aplastante, estaba muy cerca de mí. La cabellera era una turbulencia y su rostro, cruzado por las cicatrices de los días del abandono y la tristeza, parecía una máscara agrietada por la aflicción. Desamparada grandeza que podía coronarse con cardos, loco sagrado o anciano atroz. En su furia había transparencia, ninguna duplicidad. Era demasiado viejo para fingir cualquier cosa: ser tiene menos letras que parecer.

Estando a su lado recordé aquel juicio sobre la generosidad de su espíritu que lo hacía amar demasiado y lo empujaba a pedir tanto amor. Craso desliz cuando debe amarse sin esperar algo a cambio, como Cordelia o Nausica, amar en una sola dirección. El amor es empeño de santos. Y Lear era humano, a pesar de su majestuosa tribulación. Hubiera querido preguntarle cuál era su profecía, si contra la naturaleza que nos lleva a la muerte haciéndonos viejos o contra la ingratitud filial, daba igual.

Supongo que su respuesta tocó las dos cuestiones. Ya había clamado, con violento expresionismo, “aquí reniego de todo mi cuidado paternal”. Se equivocaba al dirigir la sentencia a su hija Cordelia, amorosa pero inexpresiva, y no a los demonios mustios de las otras dos. Pero acertaba al repudiar sin contemplaciones el idilio familiar. No llegó a la fórmula de Borges, ese “gnóstico moderno” y otro de sus deudores, para decir que los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los que somos, aunque Lear sí habló del “oscuro y vicioso lugar” donde se engendran los vástagos ingratos.

Luego dirá: “Nada saldrá de nada: habla otra vez”. El gran padre quebrado y su autoridad rota, el dios padre quien caminaba conmigo en esas escenas fantasmales que los sueños suelen tener. De pronto, como en un coro de las cosas derrumbándose, sonó la cáustica voz del Bufón que no estaba. Se dirigió a Lear: “No deberías de haber sido viejo hasta que fueras cuerdo”. Después desperté.

He acudido a Harold Bloom, al modo de un diccionario de símbolos, para pasar en limpio mi sueño, cribarlo de impurezas y enterarme que según Goethe todo anciano es el rey Lear exorcizado por la naturaleza.

“La nada engendra la nada”, concluye el fascinado crítico. Tal podría ser el lema epilogal, la praxis de una paternidad amarga: funesta ocasión de la tragedia. Un acto humano que tendrá lugar en el mundo que la sabiduría gnóstica llamó kenoma: “vacío”.

El rey Lear es un padre roto. También es un viejo. La vejez es un vacío. Y mientras el anciano va muriendo en escena, Kent pronunciará aquella línea augusta: “Rómpete, corazón, te lo suplico”. Pero el público isabelino de Shakespeare miraba otras cosas: polivalencias.

Lo ancestral, lo antiguo, lo anciano contiene un carácter sagrado, sea un objeto o una persona. Esa condición evoca un vínculo con fuerzas supratemporales. Durar es prueba de verdad, de persistencia, de razón. La duración alcanza las fuentes de la existencia y participa de ellas. Su debilidad es una fuerza en oposición.

Los asistentes a El Globo vivían un dolor humano, una tragedia que se transfiguraba como su opuesto. Miraban una aflicción paradójica donde el final era el comienzo y la senectud contenía una infancia. Entonces Lear era un niño viejo que expiaba la desdicha. Y su edad avanzada participaba de lo eterno: circularidad.

Quizá mañana sueñe de nuevo al rey Lear caminando a mi lado. Vendrá esta vez el cáustico Bufón con su ironía, esa inteligencia triste que sin disfraces habla la verdad. Sabré pues que las cosas contienen otras cosas. Que el final es un radiante volver a empezar.


AQ / MCB

  • Fernando Solana Olivares
  • (Ciudad de México, 1954). Escritor, editor y periodista. Ha escrito novela, cuento, ensayo literario y narrativo. Concibe el lenguaje como la expresión de la conciencia.
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