Estampas de horas malas

Ciudad de México /

Misterio tremendo es el mundo, afirmaba el pensamiento medieval que tanto se nos parece: tanto para vivir asombrados, solo mirando las cosas que ocurren unas tras otras como si cada día tuviera su propio afán, su propio significado. Como si cada día.

Hay viento desde temprano y de golpe se nubla el sol. Luego vuelve a salir pero el viento no cesa. La noticia corre por los pueblos de Los Altos: capturaron a El Mencho. Y la gente comienza a asustarse temiendo las violentas represalias de una de las narcofranquicias de su despiadado cártel que controla la zona. Los amigos, aun desde el extranjero, escriben preocupados ante las imágenes que circulan por la red. Algunos hablan de inmediato para preguntar cómo estamos. Hay quienes no se enteran o no les importa o no “asocian” el acontecimiento con nosotros. ¡Oh, los disasociados! Uno siempre es otro para los otros.

“Hoy abatieron a El Mencho. Por la tarde fui a nadar”, escribe un joven poeta local, en paráfrasis a una entrada de Franz Kafka en su diario el 2 de agosto de 1914: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”. Pero aquí la gente se quedó encerrada bajo su propia incertidumbre, mientras afuera, como escribiría otro poeta anunciando el siglo veinte, los malos estaban henchidos de apasionada intensidad.

Uno de los cincuenta bancos incendiados por los criminales está en este pueblito alteño. A él acuden ancianos campesinos, discapacitados, padres de alumnos y mujeres mayores para cobrar sus modestas pero significativas ayudas gubernamentales. Cuatro embozados lo hacen arder en llamas. También el del pueblo vecino y otros cercanos. La gente humilde es castigada por un poder cobarde cuya única razón es la fuerza opresiva. La semiótica del delito entristece a la gente. Y la indigna. Pero el miedo lo domina todo.

El capitalismo, advirtió Marx, tiende a destruir sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y el ser humano. El necrocapitalismo narco es su derivación extrema, un mal nihilista que ya no es banal. La expansión criminal del CJNG ha sometido a mafias locales en todo el país para financiar y controlar actividades extractivas de minería a cielo abierto como minas de mercurio altamente contaminantes, junto con aserraderos clandestinos cuya velocidad de deforestación es implacable. El impacto ambiental de estas actividades, junto con la producción de enervantes en laboratorios instalados en zonas serranas y manglares y el robo de hidrocarburos, va siendo descomunal. Bosques, sierras y costas han sido capturados por el crimen organizado. Las áreas naturales protegidas han caído en su poder. Más la venta de droga, el tráfico de órganos e indocumentados, la trata de blancas, el robo de camiones de carga, las extorsiones a municipios, negocios, comercios y trabajadores le permiten al crimen organizado apoderarse de un porcentaje del PIB nacional que según cálculos econométricos alcanza entre el 15 y el 20 por ciento.

En el fútil escondite de El Mencho (¿tanta sangre, destrucción, muertes, dolor y dinero mal habido para eso: un refrigerador lleno de cortes de carne y pescado, una cocina saturada de frutas y verduras, grandes pantallas de plasma, vehículos de todo tipo, medicinas de alto precio?), se encontró un altar a la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo y al humilde monje maronita San Charbel, un libro de oraciones de Santa Rita de Casia, un escapulario del Sagrado Corazón y una carta fechada el mes de enero con el Salmo 91: “La desgracia no lo alcanzará ni la plaga se acercará a su tienda, pues a los ángeles les ha ordenado que lo escolten en todos sus caminos. En sus manos, lo habrán de sostener para que no tropiece su pie en alguna piedra”. ¿Por qué un sociópata cree que sus crímenes serán metafísicamente protegidos y por designio divino quedarán impunes? En El Mencho está Trump: “Lo moral es lo que yo considero moral”.

La gente no sabe hasta dónde puede osar sin peligro, si lo supiera se volvería loca de pesar por no haber osado más, escribió un autor. Pero los timoratos —el melifluo gobernador del Estado, los funcionarios universitarios, los muchos ciudadanos moldeados por la cultura del miedo, crédulos consumidores de las redes— insisten en prolongar un encierro público que presentan como sensible preocupación por el bienestar común. Aunque ya el lunes la linda y joven tortillerita se atreve a abrir su negocio. Lo mismo el tendero o el dueño del café. Vivir es normalizar. “Esto es nuestro, no es de ellos”, le dice alguien que va a comprar. “Sí, ¿verdad?”, contesta la valiente chica con pícara naturalidad.

La inmediata legalización de las drogas no sería una solución perfecta, pero es menos peor que la prohibición. Un régimen legal de las drogas podría calcarse sobre el que se aplica al tabaco o al alcohol. Esta propuesta de Milton Friedman hecha en 1974 al promulgar Richard Nixon su falaz guerra contra las drogas ha sido ignorada por completo. Quizá la urgencia del momento permita su reconsideración. Ante el desastre del tiempo histórico solo cabe asumir la utopía: sí hay tal lugar.


AQ

  • Fernando Solana Olivares
  • (Ciudad de México, 1954). Escritor, editor y periodista. Ha escrito novela, cuento, ensayo literario y narrativo. Concibe el lenguaje como la expresión de la conciencia.
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