Geometrías de la catástrofe

Ciudad de México /
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La no lectura. El burócrata universitario, recién nombrado director de la División de Humanidades, lo anunció al pequeño y esforzado Departamento Editorial como si fuera un logro: “Desde ahora solo produciremos libros digitales. Los libros impresos son obsoletos”. El ignorante burócrata ya no está en su cargo pero los pocos libros que aún se publican siguen siendo digitales y, como es costumbre, casi nadie —salvo el editor y acaso el autor— los lee.

Los mediocres y escalofriantes resultados de comprensión de lectura en la prueba PISA demuestran que el auge escolar y social de pantallas y tabletas empobrece la manera en que el cerebro procesa y aprehende la información. La neurología cognitiva ha confirmado experimentalmente que la lectura impresa permite una concentración sostenida y una atención más profunda, así como elaborar mapas cognitivos espaciales porque el libro, un objeto físico, posibilita ubicar páginas, fragmentos y contenidos, y así estimula la memoria y la retención.

La lectura impresa activa las áreas cerebrales vinculadas con la imaginación. Su condición abstracta exige evocar mentalmente —en un sentido estricto: releer en la mente— aquello que se está leyendo. Desarrolla y fortalece la comprensión analítica. Los pasos hermenéuticos de todo conocimiento verdadero son tres: comprender, interpretar, integrar o incorporar. La lectura impresa los agrupa y desarrolla sucesivamente. Y si el ser es lo que conoce, leer (conocer) es acrecentar al ser. Entonces el ser se multiplica al leer.

En cambio, la lectura visual o digital generalmente es una lectura superficial que escanea o zigzaguea en lo que mira, buscando ideas principales o cercanas al lector y descartando detalles contextuales y significantes del texto. Según la neurología, supone un alcance metacognitivo menor, pues no favorece la autoevaluación de lo que se va comprendiendo al leer. Y al mismo tiempo multiplica la carga de distracciones que las pantallas ofrecen.

Los antiguos afirmaban que la comprensión entra por los sentidos, lo mismo que el amor y la amistad. El libro es un objeto multisensorial: se toca, se carga, se huele, se subraya, se relee, se prueba. Pocos placeres parecidos a entrar a una librería o biblioteca, esas “arcas de Noé de las palabras, lugares de descanso de la memoria”, según Claude Roy. Libro = libre. Una pantalla no lo es. Hace tiempo preguntaba Don DeLillo si éramos tan tontos antes del invento de la televisión. La prueba PISA lo responde en esta oscura tecno modernidad: los escolares occidentales contemporáneos van siendo mayoritariamente estupidizados cada vez más.

¿Los responsables? Sí, las escuelas y sus modelos educativos. Pero también los contextos familiares. Y las pantallas con sus algoritmos embrujantes. Y las no políticas públicas de fomento a la lectura, al esfuerzo, al rigor y la comprensión. Los países euroasiáticos, en cambio, los Estados-civilización, fomentan la inteligencia escolar, la preparación y los pizarrones, el libro y la lectura, el lápiz y el papel. Ahí las pantallas no son esenciales. Se equivocó McLuhan: el medio no es el mensaje, tampoco el masaje.

La extinción que nos amenaza. En 2017 el físico sueco Max Tegmark publicó Vida 3.0. Qué significa ser humano en la era de la inteligencia artificial. En él advirtió que las redes neuronales profundas (compuestas de muchas capas) que se empleaban para adiestrar a la IA derivarían pronto en la creación de una entidad computacional extraordinariamente avanzada que superaría la inteligencia humana de un modo potencialmente incontrolable: la Inteligencia Artificial General.

Los escenarios posibles que Tegmark anticipó ante el surgimiento de la IAG, unos pocos positivos en mayor o menor grado para los seres humanos y la mayoría no, poniendo en riesgo su sobrevivencia como especie, no son profecías sino fundadas anticipaciones que hoy alarman seriamente a sus propios desarrolladores. Desde un escenario que él llama “Dominadores”, donde una IA que toma el control decide que los humanos son una “amenaza/molestia/derroche” de recursos y se deshace de ellos, hasta una IA omnipotente, “Cuidador del zoo”, que permite que vivan unos cuantos humanos tratados como animales del zoológico, las alternativas son inquietantes y oscuras distopías.

En un Occidente colapsado por el Imperio Epstein del necrocapitalismo y las mentiras, en medio de una irreversible y peligrosa descomposición, como si la Trampa de Tucídides regresara, sin un centro político que regule los graves peligros de la hora límite porque el imperio mismo los representa, la expectativa radica en la “Vuelta atrás” a una sociedad pretecnológica. O incluso en una desesperanzada “Autodestrucción” suscitada por el hombre.

Otros pensadores confían en que frente al caos nihilista del capitalismo liberal sean las naciones del bloque asiático las que controlen creativamente la revolución tecnológica e incluyan al mundo entero en su beneficio y desarrollo.

Al fin, lo verá el que viva.


AQ / MCB

  • Fernando Solana Olivares
  • (Ciudad de México, 1954). Escritor, editor y periodista. Ha escrito novela, cuento, ensayo literario y narrativo. Concibe el lenguaje como la expresión de la conciencia.
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