Los desamorosos

Ciudad de México /

“La huida de lo divino, la destrucción de la tierra, la masificación del hombre, la prevalencia de la mediocridad”. La cita de Heidegger se quedará guardada durante la charla. También otra de una carta a su mujer: “Lo llamo el Eros, el más antiguo de los dioses según dice Parménides. El aletazo de ese Dios me toca siempre que doy un paso esencial en mi pensamiento y me atrevo a entrar en lo no transitado.

Son las distancias de siempre entre el hecho y la intención: una cosa es la síntesis que se elabora y otra lo que se dice al fin; una lo que quiere escribirse y otra lo que a través de uno se escribe. No es el golpe escénico del “traigo un discurso pero no lo seguiré”, sino una posesión en y por el lenguaje.

De allí que aquel hombre, el que dicta la charla, preferiría haber leído lo que ha escrito a improvisar. Y sin embargo, leer es perder atención de quienes escuchan. Hablar sin red de protección permite, oh paradoja, lograr un morbo “presencial”. Manteniendo la energía del discurso uno cree ser escuchado, los otros parecen hacerlo.

El tema de la charla es el amor desde sus definiciones básicas: un vínculo que implica dar y recibir; un acto de la voluntad dirigido hacia el bien del otro. Se menciona el amor fati de Nietzsche, ese último estoico, en su reverberación de Epicteto: lo único que depende de nosotros es nuestra intención moral, el sentido que le damos al acontecimiento. “Quiero aprender cada día a considerar como bello lo que de necesario tienen las cosas”, escribió. Su eterno retorno, aquel no solo soportar lo necesario, no disimularlo sino amarlo. Un pesimismo de la fuerza o una actitud trágico-heroica.

La legendaria definición del amor en El banquete es aludida. La enseñanza de Diotima sobre el amor como una escalera que eleva el alma hacia lo divino, esto que ya se encuentra potencialmente y así se realiza en nosotros. La descripción del amante como éntheos, quien está colmado del dios, y el llamado de la belleza que la contiene.

Se dirá también, siguiendo a Simone Weil, que el amor es una fuerza metafísica y espiritual que va mucho más allá del mero sentimiento (el cual se distinguirá del sentimentalismo, engañosa superestructura de la brutalidad). Fuerza que conecta al ser humano con lo trascendente y exige una condición enfatizada a todo lo largo de la charla: la atención total y profunda hacia el otro, no como dominio o posesión. Que el amor verdadero es una experiencia de “des-creación” donde el yo se vacía para permitir el espacio del otro y de lo otro.

Y además del amor como sacrificio y vaciamiento, como acto sobrenatural que supera el egoísmo, como un camino hacia la verdad. Equivalente a una actitud sagrada como la del santo que espera a su dios o del amante que espera a su amada. Ese punto de encuentro presente donde se tocan las miradas y al que acude Dios. Quedará presupuesto que el amor es una gracia pues a través de él desciende lo divino, y que la gracia se obtiene poniendo atención, una facultad que Malebranche poéticamente llamará “la plegaria natural del alma”.

Y surgirán los contrarios: la hipertrofia del yo que comienza con el error epistémico renacentista de deificación del hombre en lugar de Dios; el surgimiento del egoísmo como definición ontológica de la persona; el lamentable usuario terminal de sí mismo de nuestra época que reemplaza al homo sapiens con el homo videns; la evaporación del nosotros colectivo, del bien común y en su lugar las sociedades líquidas del amor líquido de Bauman donde la indiferencia hacia los otros se convierte en una obligación vital, cuando los otros se convierten en cosas que no importan pues no se les ve, cosas, no personas, que aunque estén dejan de estar.

Se llegará a la proclamada muerte posmoderna del amor. A la mención del narcisismo predominante, donde el otro queda erosionado en todos los ámbitos de esta época que Byung-Chul Han llama “el infierno de lo igual”. Vivimos, se dirá citándolo, en una sociedad que se hace cada vez más narcisista y donde la libido se invierte en la propia subjetividad. Donde el otro, despojado de su alteridad, quedará degradado a la condición de espejo de uno mismo, a algo, más que a alguien, que confirma el ego del narciso, quien deambula como una sombra de sí mismo hasta que se ahoga.

Por eso la depresión es una enfermedad narcisista, a la que conduce una relación consigo mismo exagerada y patológicamente recargada. Sólo el Eros vence la depresión, pues “arranca al sujeto de sí mismo y lo conduce fuera, hacia el otro”. La depresión, en cambio, hace que el sujeto se derrumbe en sí mismo. El Eros hace posible una experiencia del otro en su alteridad (donde el otro es, donde el otro está), y “pone en marcha un voluntario desreconocimiento de sí mismo, un voluntario vaciamiento de sí mismo”. La depresión es la imposibilidad de amar. Algo parecido escribirá Dostoievski en Los hermanos Karamazov: “¿Qué es el infierno? Yo sostengo que es la incapacidad de amar”.

Los aplausos clausuran la plática. Y comienza la noche.


AQ / MCB

  • Fernando Solana Olivares
  • (Ciudad de México, 1954). Escritor, editor y periodista. Ha escrito novela, cuento, ensayo literario y narrativo. Concibe el lenguaje como la expresión de la conciencia.
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