El desencanto

Ciudad de México /
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Se han cumplido cuarenta años de la formación del Consejo Estudiantil Universitario mejor o peor recordado como el CEU. En un golpe de la memoria, Gil recuperó El desencanto (Cal y Arena, 2009) de José Woldenberg. En esas páginas figuran los desencantos de Manuel, maestro universitario melancólico que repasa y recuerda sus desilusiones políticas y más precisamente sus desencuentros con la izquierda a la que ha pertenecido desde su primera juventud. A estos desengaños los acompañan reflexiones de siete escritores fascinados con la Revolución de los soviets. Uno de esos desconsuelos, cuenta Manuel, fue el CEU. Gil arroja algunos párrafos de Manuel donde resuena el eco de la voz de Woldenberg.

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1986 fue un año triste. Aunque en la mitología de la izquierda algunos lo recuerden como un año épico. “¿Te acuerdas” –me dijo Manuel– “de aquella reforma que intentó impulsar el rector Carpizo? ¿Te acuerdas de la forma en que impidieron que prosperara? Qué vergüenza”.

Esa última palabra fue la que más me llamó la atención. No era común en la izquierda hablar en esos términos. ¿Vergüenza?

En septiembre de aquel año el Consejo Universitario, a propuesta del rector, aprobó una serie de reformas que desataron un movimiento estudiantil claramente conservador de privilegios, pero que fue saludado por la izquierda (o por buena parte de ella) como si fuera el despertar de algo importante.

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Habla Manuel:

“Todo se inició con aquellas reformas que trató de hacer realidad el doctor Carpizo. Reformas nada espectaculares. Más bien una serie de adecuaciones sensatas para intentar sacar de su inercia a la UNAM. Las reformas fueron aprobadas por el Consejo Universitario… y de repente todos nos vimos envueltos en un estallido de inconformidad que se extendió con fuerza y sin razón. Lo primero (la movilización masiva) encantó a muchos, lo segundo (la falta de razón) me sumió en una profunda depresión”.

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“Se trataba de iniciar un proceso de reformas que pusiera al día a la UNAM, pero la izquierda estudiantil universitaria decidió abortarla. Ya sé que dirán que no, que ellos sólo defendían sus derechos, que la intención era privatizar las instituciones de educación superior. Pero esas no dejan de ser sandeces, y la realidad es que frenaron reformas que hubiesen beneficiado a la más importante universidad pública del país y la mayoría de los estudiantes”.

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“Verlos de cerca, conocer a buena parte de los principales protagonistas no hacía sino deprimirme. Un litigio en torno a diferentes reformas que me parecían pertinentes aparecían a los ojos de la izquierda como una epopeya, una lucha magnífica, una confrontación estratégica por el futuro del país. Pensaba: si esto lo pudiera observar alguien a distancia quedaría sorprendido por el lenguaje que envuelve e intenta dar sentido a un conflicto pedestre y chato, una reacción entendible pero triste. Entendible porque los estudiantes de manera  natural defendían sus privilegios, y triste porque una institución central para el país, la UNAM, se veía bloqueada, imposibilitada para ponerse al día”.

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(…) el CEU y la Rectoría pactaron un formato que hubiera sido impensable veinte años antes (en 1968). En el auditorio Justo Sierra-Che Guevara (según quien convocara) de la Facultad de Filosofía y Letras se llevó a cabo un debate (diez contra diez) que tuvo de todo: argumentación, circo, injurias, ocurrencias. Un espectáculo que además era transmitido por Radio Universidad. Una fórmula a través de la cual se pudieron ver y escuchar algunos razonamientos, pero en el que, como todo show multitudinario, no estuvieron ausentes las payasadas. Era el 68 al revés. Y el antiautoritarismo del primero se había convertido en una pulsión antiautoridad simple y llana”.

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La nuez del asunto era antiepopéyica –vuelvo a darle la palabra a Manuel–, “mantener o remover unos privilegios absurdos (en términos académicos) para los estudiantes. El llamado pase automático que hace de los preparatorianos de la UNAM unos privilegiados en comparación con el resto de los estudiantes, ya que los primeros no tiene que hacer examen de admisión para ingresar a las licenciaturas, y la discusión de algunas normas de evaluación. No obstante la polarización, lo vistoso del conflicto, el aura de rebeldía que lo rodeaba, fascinaron a muchos. No es extraño observar cómo los movimientos se convierten en un fin en sí mismos”.

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Todo es muy raro, caracho, como diría Rosa Luxemburgo: “La libertad de opinión es siempre la libertad de aquel que no piensa como nosotros”.


Gil s’en va


  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
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