Fernando Benítez vaticina

Ciudad de México /
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Gil caminaba sobre la duela de cedro blanco. Buscaba algo en sus libros de la Ciudad de México y encontró éste: Fernando Benítez, Viaje al centro de México. Este libro se publicó en el año de 1975 en la Colección Popular del FCE. Hay al menos un capítulo completo en el cual Benítez imagina cómo sería la ciudad en el año 2000. Gil leyó los subrayados que resultaron ser un vaticinio.

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Una plancha de 700 kilómetros cuadrados sepultó bajo su capa de concreto lo que fueron ríos, praderas, campos de labor, huertos, jardines y puertos. El hombre se diluyó en la masa. Entre el esmog sólo parpadean las luces verdes, rojas y amarillas de los semáforos gobernando el paso de las gentes y de sus automóviles. […]

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Allá lejos, los rascacielos, como inmensas columnas sostienen la nube rojiza del esmog. Parece humo dejado por un incendio de proporciones cósmicas. Ante las ruinas de la región más transparente del aire, entonemos, hermanos, la palinodia del polvo. Alfonso Reyes se preguntaba: «¿Qué habéis hecho de mi alto valle metafísico?» «Esto hemos hecho querido Alfonso Reyes».

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Pocos ricos, millones de miserables. Aniquilamiento de todo río, de todo verdor, de toda naturaleza. Surgimiento de vastos, incalculables infiernos. Esmog en lugar de transparencia, ruido en lugar de silencio. Millares y millares de automóviles paralizados en embotellamientos colosales. Es la Ciudad Doliente. Nos propusimos destruir el valle y lo hemos conseguido. Tal vez sea la única tarea nacional que hemos realizado cabalmente.

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Mucho tiempo permanece fija, alucinante la imagen del valle. Más allá de su círculo montañoso, prevalecen campos desiertos, enormes extensiones donde es difícil encontrar algo semejante a un pueblo y esta sensación de vacío, de soledad, contrasta penosamente con esos densos oleajes de apretados caseríos invasores de cerros y de llanos que por alguna misteriosa razón se han quedado inmovilizados.

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La población, dicho grosso modo, se dividirá en dos partes: la mitad en el Distrito Federal y la mitad en el Estado de México.

​Para transportar a tanta gente se habrán construido varias líneas del metro y de trenes eléctricos, autopistas de tres pisos y 10 carriles por los cuales circularán a velocidades calculadas de cinco a seis millones de vehículos.

​El viejo centro, debidamente remodelado, se mostrará a los turistas como una reliquia de lo que fue en la época colonial la más importante ciudad del continente americano. El resto será una mezcla asombrosa de rascacielos, de compactas masas de viviendas populares, de pequeños barrios, de inmensas avenidas y caseríos envueltos en esmog y en el fragor constante del tránsito urbano. Es posible que las ricas colonias de Tecamachalco, Satélite, las Lomas, el Pedregal y una parte de San Ángel y Coyoacán estén circundadas por altos muros y entradas protegidas con sistemas electrónicos y docenas de policías armados con metralletas.

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Casi no circularán periódicos. Uno o dos seguirán publicando ediciones reducidas a ciertos sectores, pero la mayoría se habrán convertido en bancos de noticias que alimentarán los aparatos caseros de facsímiles. Tampoco existirán muchos teatros y cines. Las películas, las piezas dramáticas, las mesas redondas y los espectáculos deben proyectarse en pantallas gigantes exteriores o en las pantallas hogareñas a tamaño natural, en relieve y con sus propios colores gracias a los rayos láser y a los avances electrónicos.

El teléfono-visión modificará esencialmente el funcionamiento del comercio. Como la gente puede hacer sus compras sin moverse de su casa eligiendo las mercancías necesarias a su arbitrio, se incrementarán enormemente los servicios y se complicará más el tránsito, ya que todo podrá llevarse en pocos minutos a las casas.

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México, de cualquier modo, no será ni la ciudad que describen las historias de ciencia-ficción, ni tampoco una especie de Brasilia en que palacios de cristales oscuros y portales de formas aéreas surjan de los estanques o sus cúpulas establezcan un nuevo juego con las torres gemelas de los rascacielos. Será más bien lo que ha sido siempre: una isla, un archipiélago en un océano gris, seco, anodino, una tela de Penélope, comenzada y recomenzada sin cesar, destruida y reconstruida hasta convertirse a fuerza de asonadas, saqueos, desigualdades abismales, invasiones, parches y paliativos en una pesadilla urbana.

No nos engañemos. La capital es y seguirá siendo por mucho tiempo el espejo de la nación.

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Como todos los viernes, Gil toma la copa con amigos verdaderos, mientras se acerca el mesero con la botella de Grey Goose, Gamés pondrá a circular la máxima atribuida a Shakespeare por el mantel tan blanco: “Lo pasado es el prólogo”. 

Gil s’en va


  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
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