Habían matado al Mencho, capo mayor del Cartel Jalisco Nueva Generación y Gil recordó un libro que le regalaron hace años amigos que no lo malquieren: En la niebla de la guerra de Andreas Schedler, publicado por el CIDE en 2018. En esas páginas, este investigador sostuvo algo que parecía exagerado en su momento: en México se vive una guerra civil. Gilga simplifica: un grupo de mexicanos armados hasta los dientes, dueños mediante la violencia de territorios que han adquirido mediante la compra de políticos, se enfrentan contra otros mexicanos que se constituyen mediante un estado errático en un gobierno. Y combaten. ¿Cómo se llama la obra?: guerra civil.
Y según Gilga eso es lo que hemos visto durante mucho tiempo, pero sobre todo ayer en trece estados de la República; sí, trece: bloqueos, enfrentamientos, balaceras, muertos. Por cierto, Omar Harfuch se anota un golpe histórico al narco y sus pandillas. ¿Algunos comentaristas se preguntan qué pasará, y Gilga responde: pase lo que pase no podrá ser peor de lo que ya pasó.
El capo más grande
Gil lo leyó en su periódico El País en un magnífico reportaje de Marcial Pérez: apenas tres fotos de él. Todas eran los típicos retratos de las fichas de la DEA y fueron tomadas a principios de los años noventa. Primero le cazaron con algo de mariguana. Luego, vendiendo heroína a policías encubiertos en un bar de San Francisco. Tenía poco más de 20 años y se dedicaba a entrar de mojado a Estados Unidos, lo detenían y lo deportaban. Siempre encontraba la manera de volver a cruzar. Pero tras cumplir unos años de condena decidió quedarse en México. A partir de ahí, ya no hay más fotos de una carrera criminal que llevaría a Nemesio Oseguera Cervantes a convertirse en el capo de la mafia más poderoso, el Cartel Jalisco Nueva Generación, que revolucionó el negocio más allá de la droga —extorsión, robos, trata de migrantes— con tentáculos por todo el país y buena parte de Estados Unidos, capaz de asesinar a jueces, políticos y militares, paralizar ciudades enteras, contratar mercenarios extranjeros y derribar a cañonazos helicópteros del Ejército.
El Mencho, muerto este domingo en un operativo policial, era el objetivo número uno de México y el capo más buscado por Estados Unidos al frente de “una de las organizaciones criminales transnacionales más peligrosas del mundo”.
El origen
La historia del Mencho sigue los patrones del narcotráfico mexicano. Hijo, como tantos otros, de una familia pobre de campesinos en Michoacán, tierra de amapola y mariguana, tras sus peripecias de joven al otro lado de la frontera, comienza su ascenso desde abajo, como un simple sicario a sueldo de una de las facciones asociadas al Cartel de Sinaloa, la nave nodriza del narcotráfico mexicano. Con una mezcla de traiciones y alianzas estratégicas, en 2009 vende a su jefe en el llamado Cartel del Milenio para ganarse el favor de uno de los capos de Sinaloa y colocarse como uno de sus hombres de confianza. Así nace en 2010 el Cartel Jalisco Nueva Generación, como uno de los brazos armados de la mafia sinaloense.
Un año después llega su carta de presentación más importante, cuenta Marcial Pérez. El 20 de septiembre de 2011, a las cinco de la tarde, seis furgonetas cortaron el tráfico en la carretera de Boca del Río, una de las zonas turísticas más populares de Veracruz. Abrieron las compuertas y colocaron sobre el asfalto 35 cadáveres. Eran supuestamente miembros de Los Zetas, el sanguinario grupo formado por ex militares de élite que en aquel entonces estaban en guerra contra Sinaloa. El golpe le valió el apodo de los matazetas. La alianza con Sinaloa no duró mucho. Tras la muerte de su jefe, Ignacio Coronel, en un operativo policial, acusan otra vez al Mencho de traición, cimentando su fama de ser un tipo frío, calculador y sobre todo discreto, alejado del lujo y la ostentación que han acabado precipitando la caída de tantos capos.
Todo es muy raro, caracho, como diría James Harrignton: “La traición no triunfa nunca. ¿Por qué? Si triunfa nadie la llama traición”.
Gil s’en va